Cine y televisión
Por Inmaculada Álvarez Suárez
Dentro del cine latino producido en Estados Unidos (el término latino se adapta mejor a un cine realizado indistintamente en las dos lenguas, inglés y español), el cine méxico-americano, chicano, es escenario de expresión y construcción de la identidad cultural de esta comunidad, la más numerosa e influyente de la llamada ya «primera minoría», la población de origen latino, en ese país.
Es a partir de la década de los sesenta con el Movimiento Chicano de Derechos Civiles (y con destacados activistas como César Chávez y su lema «Sí, se puede», retomado popularmente en la campaña del presidente Obama) cuando chicano se convierte en el término para designar a los hispanos de origen mexicano que residen o han nacido en los Estados Unidos. Lo chicano subraya pues una identidad bicultural y también un orgullo de pertenencia a esta comunidad, que se inscribe dentro de la sociedad latina estadounidense pero que, por su mayor peso social y cultural (en cifras de población y cantidad de producción cultural) y por la tradición de su activismo, hace que la comunidad chicana se defina con características propias.
El cine chicano nace como tal a finales de los sesenta, influido por el movimiento activista socio-político del momento y como una necesaria mirada propia, fuera de la industria de Hollywood, que hasta entonces reflejaba ajenos clichés sobre los latinos y los chicanos. Durante este primer periodo, que se extiende hasta los años ochenta, el género documental es el protagonista, con un cine hecho por y para la comunidad chicana, necesitada de una visibilidad propia y reivindicativa: Yo soy Joaquín (Luis Valdez, 1969), sobre la vida del activista chicano Joaquín Corky González, se considera la primera producción de cine chicano, a la que siguen otros documentales como Yo soy chicano (Jesús Salvador Treviño, 1972), Sí, se puede (Rick Tejada-Flores, 1973) o La onda chicana (Efraín Gutiérrez, 1976). Estos documentales comenzaron a mostrar la cotidianidad del pueblo chicano, sus necesidades, su lucha social, su orgullo étnico y su realidad más allá de los estereotipos exagerados y negativos que impregnaban el cine comercial de Hollywood hasta ese momento. En definitiva, se pretendía por fin reflejar la identidad chicana a través de sus propios cineastas.
En 1977 se estrena el primer largometraje de ficción en coproducción con México, Raíces de sangre, dirigido por Jesús Salvador Treviño, que inicia el segundo periodo de este cine. Tiene lugar entonces un aumento de las producciones y de su popularidad con títulos como Zoot Suit (Luis Valdez, 1981) donde se reflejan pasados conflictos sociales con grupos chicanos en Los Ángeles, Born in East LA (Cheech Martín, 1987) o La bamba (Luis Valdez, 1987), que se convierte en éxito comercial. En 1982, el cine chicano es por vez primera candidato al Óscar a la mejor película de habla no inglesa con El Norte, dirigida por Gregory Nava. La industria de Hollywood reconocía así una nueva manera de hacer cine, no sólo por su temática sino también por su estética particular y con un mercado en auge gracias al reconocimiento de la crítica y a su éxito en taquilla.
A partir los años noventa, el cine chicano inicia una tercera etapa de madurez con la consagración de su industria y de sus cineastas, como Edward James Olmos (American Me, 1992), el ya mencionado Gregory Nava (My family/Mi familia, 1995, o Selena, 1997), y un joven director de cine independiente, Robert Rodríguez, quien con su ópera prima de bajo presupuesto, El mariachi (1993), abre el cine chicano hacia nuevas perspectivas artísticas, introduciendo una particular estética destinada a una audiencia más amplia. Robert Rodríguez (Desperado, Once Upon a Time in Mexico, Spy Kids) pertenece a una nueva generación de cineastas chicanos que se alejan del anterior cine étnico reivindicativo para acercarse a fórmulas más comerciales. Esta tendencia se corresponde con el llamado «latino boom» de la sociedad estadounidense que implica un mayor protagonismo social, político y económico de los latinos, y chicanos, en la vida del país. Algunas de estas producciones chicanas actuales son dirigidas por primera vez por mujeres como Marina Ripoll (Tortilla Soup, 2001) o Patricia Cardoso y su exitosa Real Women Have Curves (2002), premio en el Festival de Sundance de cine independiente y cuya protagonista, Ana (interpretada por la actriz América Ferrera), refleja la biculturalidad y el bilingüismo característicos de la actual identidad chicana, que perdura casi por tres generaciones en el país aunque sin perder sus raíces de origen. El cine chicano actual comparte cada vez más espacios de pantalla con el cine hollywoodense reclamando con fuerza su identidad propia.