ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
La Sagrada Familia con Rafael, Tobías y San Jerónimo, lienzo también conocido como la Madonna del pez, llegó a Madrid en el siglo xvii. Fue un regalo ofrecido al rey Felipe IV por el duque de Medina de las Torres, virrey de Nápoles entre 1636 y 1644. Éste, sabiendo de los refinados gustos del monarca, había convencido a los dominicos del monasterio de San Domenico de Nápoles para que se lo cedieran. Recientemente, el Instituto Cervantes de Nápoles donó una copia a tamaño real del mismo a la Iglesia de San Domenico Maggiore. El duque, casado con una importante heredera napolitana llamada Anna Caraffa, fue nombrado virrey de Nápoles por Felipe IV, a pesar de la oposición del conde duque de Olivares. El monarca trataba de asegurarse el territorio italiano y los suculentos ingresos que éste aportaba a la economía hispana. El cuadro colgó desde 1645 de los muros de El Escorial.
En sus Vidas de artistas, Giorgio Vasari (1511-1574) dice que, a principios de la década de 1510, «Rafael pintó una tabla para mandar a Nápoles, que fue después colocada en la iglesia de Santo Domingo, en la capilla que tiene el crucifijo que habló a Santo Tomás de Aquino. Este cuadro de altar contiene a Nuestra Señora, a San Jerónimo vestido como un cardenal y al ángel Rafael acompañando a Tobías». La obra descrita debe corresponder a la que hoy expone el Museo del Prado, fechada en 1512-1514. Los personajes que acompañan a la Virgen y al Niño Jesús no son muy habituales. A la izquierda, presentado por el arcángel Rafael, está Tobías, un joven de melena rubia que se arrodilla y que lleva en su mano derecha un pez. A la derecha está San Jerónimo arrodillado y leyendo un ejemplar de la Vulgata. Un manso león está tumbado a sus pies. ¿Cuál es el tema que los dominicos habían encargado representar en este lienzo a Rafael? En el gesto del Niño parece estar la clave: con su brazo izquierdo atrae hacia sí el voluminoso libro de San Jerónimo mientras que extiende su mano derecha hacia Tobías.
La historia de Tobías, que ya se relató en esta sección (Bernardo Cavallino, Curación de Tobías), no parece ser lo que inspira la composición, sino el propio «Libro de Tobit» (o Tobías). El texto, incluido entre los «libros históricos» del Antiguo Testamento, había sido traducido del griego por San Jerónimo (m. 420) para incluirlo en su versión latina de la Biblia y formaba parte de la tradición canónica desde los concilios del siglo iv. No obstante, la Iglesia romana de inicios del siglo xvi lo consideraba un libro deuterocanónico o secundario. Los judíos y los protestantes, por su parte, lo excluyen de los textos sagrados por juzgar que es un libro apócrifo y no inspirado. Es posible que este cuadro fuera encargado para reforzar los argumentos de los teólogos dominicos, quienes años después, en las sesiones del Concilio de Trento (1546), defendieron la sacralidad del libro de Tobías y de los otros seis excluidos del canon por los protestantes. El reconocimiento por parte de los católicos de estos libros como canónicos, iguales en cuanto a su autoridad e inspiración divina, reforzaba la posición de la Iglesia de Roma frente al protestantismo.