ARTE
Por Carlos Matta
Es una más de las estrategias de la publicidad actual. Te metes en Internet, intentas descargarte cualquier cosa y de improviso te salta una pantalla que parpadea y te muestra una imagen más bien tosca donde aparecen dos ancianitos, hombre y mujer, que se miran cara a cara. Justo debajo del dibujo hay un desafío expresamente dedicado a ti: «¿Ve usted el jarrón?», y debajo de esa frase algo así como: «¡¡¡Solo el 2% de la población lo puede ver!!!». Si lo ves tú, entonces es que eres superdotado; corre, pincha en el enlace y te lo dirán. Te alegrarán el día. Y si resulta que miras con más detenimiento y tu inteligencia es verdaderamente superior, tal vez descubras que por detrás de los rostros de los dos ancianitos se adivinan sendos mariachis, uno de ellos con guitarra. Algo así como esos cuadros de Arcimboldo, con la fruta o los libros o los animales dispuestos aquí y allá, coloreando una mejilla, dando consistencia a la barba, recorriendo la línea de los hombros.
Hay variantes, claro. También está la clásica pareja formada por la joven elegante vs. la vieja bruja: lo que en una, vuelta de lado, es nariz, en la otra, de frente, es verruga; la oreja se convierte en ojo; el collar en boca; la forma del mentón en aleta de la nariz; y así todo el rato.
La Biblioteca Nacional madrileña conserva una bonita serie de dobles caras, ocho estampas xilográficas sobre papel verjurado compuestas por un anónimo español del siglo xviii, que juegan con una idea similar, y que pueden consultarse también en el espléndido catálogo Verso e imagen. Del Barroco al Siglo de las Luces (Madrid: Comunidad, Dirección General de Patrimonio Cultural, 1993). Hay una diferencia notable, sin embargo, con respecto a las ilusiones ópticas descritas más arriba: aquí no se trata de dos imágenes bien diferenciadas que el observador percibe simultáneamente poniendo, digamos, los ojos en blanco o cambiando el sistema de referencia y haciendo prevalecer unas líneas sobre otras. No. Aquí el observador distingue con total nitidez un rostro; entonces da la vuelta al dibujo y descubre otro muy diferente.
Veamos a ese hombre barbudo que nos ofrece su perfil derecho. La nariz es pequeña y carnosa; la barba, cerrada y basta, como dispuesta en nudos. Apenas se le ve la boca; el ojo derecho está hundido y alrededor de la base del párpado inferior sobresale una ojera oscura y muy marcada. La golilla, ceñida, permite adivinar un cuello corto y grueso; no se sabe dónde acaban los rizos del cabello y dónde empieza el turbante, ajustado y feo. Debajo de la estampa el observador lee este tercetillo: «Es hórrido mi talante; / da la vuelta y hallarás / un rostro muy elegante».
Entonces el observador da la vuelta a la imagen. Y lo que ve ahora es muy diferente: se trata de una mujer que, con serenidad, nos da su perfil izquierdo. La nariz es ahora recta y bien formada; lo que en el otro rostro era una fea barba se ha convertido ahora en un hermoso cabello rizado. De la oreja izquierda, la única que vemos, cuelga un bello pendiente; un pañuelo rodea el cuello, delgado, largo y adornado con un collar de perlas. El sombrero (antigua golilla) es elegante y delicado; un broche lo une al pañuelo. El observador lee: «Todo es en mí sencillez; / ¡qué mudada y diferente / me encontrarás al revés!». Entonces, si quiere, el observador puede darle la vuelta y descubrir de nuevo al hombre barbudo, y seguir jugando.
Me acordé de todo esto hace unos días, cuando vi por primera vez la portada del disco de Siniestro Total En beneficio de todos (1990), un sencillo ejemplo contemporáneo de caras dobles. Búsquenlo por Internet: son apenas diez trazos. La nariz, los ojos, las orejas, la forma alargada del rostro permanecen casi iguales si damos la vuelta a la imagen; son las cejas y la boca del monigote las que hacen diferentes los dos sentidos. Por un lado, el hombrecillo sonríe con malicia; por el otro, nos regala una mueca ingenua y triste. Exactamente igual que en esas estampas anónimas del xviii.