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Miércoles, 8 de septiembre de 2010

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LITERATURA

Manuel Machado, el poeta culto

Por María Jesús Zamora Calvo

Manuel Machado (1874-1947) como poeta y dramaturgo ha sido relegado a un olvido injusto en la historia de la literatura española. Las causas son fundamentalmente dos: la fama y la reputación literaria de su hermano Antonio y el apoyo que mostró a la dictadura de Primo de Rivera y a la causa de Franco, para los que compuso poemas propagandísticos de nula calidad literaria. Incluso a día de hoy, muchos críticos no le han perdonado esta adhesión al régimen franquista y lo etiquetan de poeta menor, autor de un puñado de versos reseñables. Silencian que el comienzo de la carrera literaria de Antonio discurrió a la sombra de la su hermano Manuel, que fue este último quien le abrió las puertas y le dio a conocer en los círculos artísticos madrileños y que juntos escribieron destacadas piezas teatrales como La Lola se va a los puertos, La duquesa de Benamejí, Juan de Mañara, La prima Fernanda o El hombre que murió en la guerra.

Su producción poética destaca por su talento y su versatilidad. Su primer libro de poemas, Alma (1902) muestra un ingenio y una agilidad sorprendentes. Cuando lo escribió ya era conocido en el mundo literario. Había vivido dos años en París, donde tomó contacto directo con el Modernismo. Allí maduró intelectualmente, definió su propio estilo y ganó seguridad en sí mismo para difundir los preceptos modernistas en España. En Alma explora un mundo interior cargado de deseos, anhelos, esperanzas y temores. Desciende a lo más profundo del ser humano, recorriendo las galerías del alma en un momento en el que su hermano Antonio aún se encontraba en sus umbrales. Está marcado por el pesimismo existencial y el desgarro, con tanta gravedad como en las Soledades de Antonio.

En el poema «Felipe IV», Manuel Machado consigue expresar con palabras las impresiones producidas por una pintura gracias al manejo correcto y preciso que hace de los símbolos. Antes que él varios poetas franceses se habían acercado a esta técnica, pero lo indiscutible es que fue Manuel el primer español que cultivó este tipo de poesía descriptiva y pictórica. En «Castilla» evoca una época pretérita interpretando con gran emotividad uno de los episodios del Poema de Mio Cid. Se percibe la diversidad poética de Manuel ante la fuerza descriptiva que exhibe en este poema y la delicadeza y el ingenio simbólico de «Felipe IV». En El mal poema (1909) refleja con crueldad el dolor y la sordidez de la vida en las ciudades modernas, donde quizá lo malo sea lo bueno o a la inversa, tal y como plasma en los siguientes versos:

El alba son las manos sucias
y los ojos ribeteados.
Y el acabarse las argucias
para continuar encantados.
Livideces y palideces,
y monstruos de realidad.
Y la terrible verdad
mucho más clara que otras veces.
Y el terminarse las peleas
con transacciones lamentables.
Y el hallar las mujeres feas
y los amigos detestables.

Manuel Machado también dio a conocer las voces flamencas a través de su libro Cante hondo (1912), que le proporcionó importantes beneficios económicos. Su padre fue un gran folclorista, de ahí pudo venirle la destreza que tenía para componer coplas, seguidillas, soleares, romances, cuartetos, serventesios y sonetos. En 1910 se casó con su prima Eulalia Cáceres y su vida dio un cambio irreversible. Continuó teniendo un cierto prestigio en el ambiente literario de Madrid. Siguió escribiendo poesía, pero la calidad de la misma se fue desvaneciendo hasta convertirse en un mero personaje del pasado. Y tras la llegada de la democracia, su nombre se fue arrinconando, olvidándose el ingenio, la agilidad, la expresividad y la fluidez de unos versos que bien merecen ser rescatados de las sombras y de los prejuicios en los que se ven sumidos.

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