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Miércoles, 8 de septiembre de 2010

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LENGUA

Lo que significan las palabras allende el océano

Por Llanos Navarro García

Resulta muy curioso observar las distintas manifestaciones que el español tiene a lo largo del mundo, en ese amplio dominio suyo, que permite a sus hablantes sentirse afortunados de tenerlo como lengua materna. Es interesante comparar el habla de las distintas zonas del continente americano, tan diversas y cambiantes para nosotros, los españoles, y también para ellos. Parece cantarín y alegre el dejo de los mexicanos y extrañamente atractivo el de los rioplatenses, por ejemplo. Dicen los entendidos que las distintas entonaciones de las versiones del español americano dependen, en cierta medida, de las diversas leguas precolombinas, que actuaron como substrato, dejando su impronta musical sobre la lengua invasora, colaborando así en la gestación del rico mestizaje que hoy disfrutamos. Otras hipótesis hablan de la influencia que el habla de los andaluces y los canarios hubo por fuerza de ejercer sobre los colonos peninsulares que acudían, osados, a las Indias, en busca de mejorar su triste fortuna o de escapar al peso de las leyes del reino de Castilla, que sobre ellos se cernía, amenazante o consumado. Todos, por razones administrativas o logísticas, habían de permanecer largas semanas en el sur o en las islas, contagiándose, dicen, de su característica entonación, que luego llevarían al Nuevo Mundo.

Resulta sugestivo observar cómo la lengua, de nuevo, recoge las huellas de nuestra historia, por más que, como todas, no sea esta una historia perfecta. Porque es curioso cómo el mestizaje, la fusión, la adhesión (y el cruel sometimiento, también) todo, lo mejor y lo peor de cuanto sucedió en América que tuvo que ver con los españoles, de un modo u otro, quedó registrado en la lengua que les fue transmitida. Se les impuso un nuevo idioma y ellos, que olvidaron en muchos casos el que les era innato, conservaron, en cierta medida, su propio modo de entender las palabras. Así fue como, además de la entonación, se modificó el significado de algunos términos y se interiorizó un uso propio de la lengua. Por ejemplo, se mantuvo el voseo en Argentina y Uruguay o se fortalecieron las acepciones sexuales de palabras que en la Península son de lo más inocentes, y al revés: una joda es una fiesta en el Río de la Plata, y aquí, sin embargo, sólo existe alguna palabra parecida que, para resultar gozosa, ha de usarse muy vulgarmente. Las medias suyas son nuestros calcetines y sus duraznos nuestros melocotones; tomamos, eso sí, su cacao y comemos las patatas y el chicle que nos trajimos de sus tierras, aunque todavía no aplicamos ese término a las personas que, de puro pegajosas, no podemos quitarnos de encima, como hacen los cubanos. Tenemos, y hemos sufrido, caciques menos románticos de lo que nos parecen los suyos precolombinos, pero nuestros brujos son sólo mitos, no hemos llegado aún a subrayar suficientemente cuánto de falaz hay en sus actividades contemporáneas, como hacen los chilenos, que aplican el término a todo lo fraudulento.

La lengua cambió y se adaptó a la identidad de sus hablantes allende el océano, los cuales, habiendo de servirse de los términos que les habían sido impuestos, hicieron alarde involuntario de su incuestionable creatividad lingüística en el uso ordinario y, a veces poético, del lenguaje figurado y ofrecieron, como los peninsulares, un uso del léxico que invita a analizar las preocupaciones diversas que condicionaron esos cambios semánticos.

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