ARTE / Claroscuro
Por Elena Paulino Montero
El culto a la Virgen María, como mediadora entre Dios y los hombres, apareció en fechas relativamente tempranas de la historia del cristianismo, aunque fue durante la Baja Edad Media cuando este culto experimentó un desarrollo sin precedentes. La figura intercesora de la Virgen fue utilizada por todos los estamentos sociales, muy especialmente por la monarquía y el clero que legitiman su poder mediante la vinculación de su imagen con la de la reina del cielo.
Es el caso de esta tabla central del retablo de Sancho de Rojas en la que aparece la Virgen entronizada con el Niño, rodeada por ángeles y dos santos que presentan a un arzobispo y un rey. La Virgen entrega la mitra al arzobispo y el Niño corona al rey, lo que configura todo un manifiesto de exaltación y legitimación del poder.
La identificación del arzobispo no plantea dudas para los investigadores gracias a los escudos heráldicos que acompañan a la obra. Se trataría de Sancho de Rojas, obispo de Palencia y, desde 1415, arzobispo de Toledo, tutor de Juan II y corregente de Castilla junto con la madre del rey durante la minoría de edad de éste. El retablo fue encargado por este arzobispo para su capilla funeraria en el monasterio de San Benito el Real de Valladolid aunque no llegó a ser instalado allí y terminó guardado en la iglesia de San Román de Hornija, donde sufrió varias alteraciones y desperfectos.
Teniendo en cuenta el monasterio para el que fue encargado este retablo, el santo que presenta al arzobispo ha sido identificado de forma unánime por la historiografía como San Benito.
Más problemas plantean las figuras del otro santo, un dominico, y del rey. El dominico ha sido identificado con San Vicente Ferrer o con el propio Santo Domingo de Guzmán. San Vicente Ferrer fue una figura muy popular en su época y participó activamente en el Compromiso de Caspe, como don Sancho de Rojas. No obstante en el momento de elaboración del retablo estaría todavía vivo, o habría fallecido recientemente, por lo que no hubiera podido representarse aún como santo. Por tanto parece más probable que la figura corresponda al propio fundador de la Orden de Predicadores, Santo Domingo de Guzmán.
La figura del rey se ha identificado tanto con Juan II de Castilla como con Fernando de Antequera, regente de Castilla durante parte de la minoridad del primero y rey de Aragón tras el Compromiso de Caspe. La relación del arzobispo Sancho de Rojas con ambos fue muy estrecha. Ejerció como tutor del joven Juan y regente durante la última parte de su minoría de edad, y fue uno de los principales apoyos a la candidatura de don Fernando al trono de Aragón. Puesto que Sancho de Rojas aparece representado con el palio arzobispal, lo que indica que ya había ocupado la sede toledana, la fecha de ejecución del retablo sería posterior a 1415, es decir, tres años después del Compromiso de Caspe. Dado que en este momento don Fernando de Antequera sería ya rey de Aragón, las últimas investigaciones se inclinan por identificar la figura del retablo con Juan II, aunque en este momento aún sería muy joven, apenas diez años.
De cualquier forma, independientemente del rey de que se trate, la intención de la escena es clara: legitimar el poder tanto del rey como del arzobispo, que se presentan a sí mismos como protegidos de Cristo y la Virgen y elegidos por ellos a través de la entrega de la mitra y de la corona. Se trata de una imagen tan clara como poderosa situada en el contexto de las nuevas devociones marianas y culto a los santos de la Baja Edad Media.