LITERATURA
Por Ana Belén Chimeno del Campo
Resulta fascinante para un lector contemporáneo sumergirse en la cultura medieval y descubrir la imagen que el hombre de esa época tenía del mundo. Heredero de los presupuestos cosmográficos de la Antigüedad y fuertemente influido por las Sagradas Escrituras, el Occidente cristiano dividía la Tierra en tres continentes —Europa, Asia y África— y situaba el centro del globo en la ciudad santa de Jerusalén. Asimismo, lugares bíblicos como los reinos de Gog y Magog, el infierno o el propio paraíso, tema que nos ocupa, se concebían como realidades ubicadas en remotas localizaciones de la corteza terrestre.
Buena parte de las creencias fabulosas de la época se recogen en el Libro de las maravillas del mundo (h. 1356) del supuesto caballero inglés John Mandeville. Este exitoso libro de viajes, hoy considerado referente ineludible del género en la literatura hispánica, cuenta con una valiosa traducción al aragonés datada en el siglo xv que custodia actualmente la biblioteca de El Escorial (Ms. Esc. M-III-7).
Gracias a las copias que se conservan de la obra todavía podemos disfrutar del extraordinario periplo que Mandeville decía haber realizado por la India, tierra profusa en maravillas. Allí, en los confines del mundo conocido, aseguraba el autor haberse quedado a las puertas del paraíso terrenal, lugar que, aunque no había visto, describía pormenorizadamente valiéndose del testimonio de un sabio de la comarca:
De Paradiso no vos sabria yo propriament fablar, car yo no ý aý [e]stado de que me pesa que yo no era digno, mas lo que yo en he oydo dizir al mas sauio d’ailla vos dire […]. Ombre dize que Paradiso Terrenal es la mas alta tierra del mundo. Et es en orient al comen[ç]amjento de la tierra, et es assi alta que eilla toca bien cerca del circulo de la luna […]. Et si es Paradiso enmurado et cerrado al derredor d’un muro […] et no ay una entrada qui es cerrada de fuego ardient assi que ningún hombre mortal no ý podría yr nj entrar. Et en el mas alto de la tierra de Paradiso …] es la fuent qui echa los .iiij. rrios qui corren por diversas tierras, don el primer rrio ha nombre Phison […]. Et l’otra rribera ha nombre Nil […]. Et l’otra rribera ha nombre Tigris […]. Et l’otro ha nombre Eufrate.1
Tal como sostiene el viajero y como se recogía en las Sagradas Escrituras, en la Edad Media era corriente pensar que el edén estaba situado al oriente de la esfera terrestre (Génesis, 2, 8), en un monte prominente (Ezequiel, 28, 14) vedado al acceso del hombre (Génesis, 3, 24), donde nacían, además, los cuatro ríos edénicos (Génesis, 2, 10-14): el Tigris, el Éufrates, el Gión (o Nilo) y el Fisón (o Ganges). Durante el período medieval encontramos un importante número de tratados destinados a establecer los límites reales del paraíso, mas, en líneas generales, se mantienen como características fundamentales las apuntadas en el Antiguo Testamento a las que se les sumaba alguna otra como la del clima templado o la existencia en sus demarcaciones de seres prodigiosos. Así lo recogían los escritos de Tertuliano, San Cipriano, San Agustín o San Isidoro, entre otros, y así se difundió también en buena parte de los libros de viajes hispánicos del medievo.