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Lunes, 6 de septiembre de 2010

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LITERATURA

Carmen de Burgos, entre otras cosas, la primera corresponsal de guerra española

Por Josefina Cornejo

La importancia y fecundidad ensayística y literaria de Carmen de Burgos y Seguí (Almería, 1867-Madrid, 1932) fueron relegadas y reducidas por algunos coetáneos —recelosos de la libertad que emanaba de cada uno de sus actos y escritos, que utilizaba sin tapujos como alegatos feministas— a su condición de «amante» de Ramón Gómez de la Serna. Maltratada por los críticos y escritores de las primeras décadas del siglo xx, De Burgos fue mucho más que la compañera sentimental del creador de las greguerías. Ejerció de pedagoga, periodista, escritora, corresponsal de guerra, ensayista y traductora, y con cada una de estas facetas vulneró los convencionalismos imperantes y dejó impronta de sus teorías a favor de una mayor visibilidad femenina. Esta mujer transgresora y precursora, autora de, por citar parte de su ingente producción, las novelas La rampa (1917) y Puñal de claveles (1931) y los ensayos El artículo 438 (1921) y La mujer moderna y sus derechos (1927), fue un personaje reconocido, muy famoso en el Madrid de la época. Su tertulia «Miércoles con Colombine», a la que acudían artistas y literatos, sirvió de estímulo a la escena literaria madrileña del momento. Y, cierto, mantuvo, desde 1908 a 1929, un atrevido (ella, veinte años mayor, era una mujer casada ante la ley) y tormentoso romance con el entonces desconocido y joven Gómez de la Serna.

Fue una mujer adelantada a su tiempo. Nacida en una familia acomodada de la burguesía andaluza, se educó y casó como correspondía a una señorita de su clase, pero el papel de esposa sumisa y resignada no estaba hecho para ella. Buscó una salida profesional —el magisterio— con la que emanciparse económica y personalmente, se separó de su marido y, en 1909, se trasladó a la capital con su única hija superviviente y el título de profesora de la Escuela Normal Central de Maestras de Madrid bajo el brazo. Su llegada constituyó un revulsivo en la vida pública de la España de entre siglos.

Sus pasiones fueron el periodismo y la literatura. Escribió sin parar. En 1903 le ofrecieron una columna en un periódico recién fundado, el progresista El Diario Universal, con la condición de que firmase con un seudónimo con más gancho editorial. Nacía así Colombine, que conquistó un terreno exclusivo hasta ese momento de los hombres: la prensa. Sin dejar de lado la docencia, su actividad periodística fue incesante. Colaboró en varios periódicos, entre otros, La Correspondencia Artística, El Globo y ABC. Fue la primera redactora de un periódico en España. Su prestigio como periodista se acrecentó en los años veinte: incluso escribió en rotativos internacionales, como el portugués A Capital y el neoyorquino Cine Mundial. Cuando en 1909 el liberal El Heraldo —periódico del que era redactora en plantilla— la envió a Melilla a cubrir diferentes episodios de la Guerra de Marruecos, De Burgos se convirtió en la primera mujer corresponsal de guerra de la historia del periodismo español, experiencia que repetiría unos años después, en 1914, cuando fue testigo de la Primera Guerra Mundial en distintos enclaves europeos. Sus reportajes, en los que debatía sobre la sinrazón de las contiendas y las bajas innecesarias, causaron gran revuelo. En 1910 fue nombrada redactora de un periódico de viajes, La Esfera, y emprendió una serie de viajes por todo el continente europeo y americano. Sus artículos dieron a conocer a las españolas un mundo que de otro modo no habrían podido descubrir (recordemos que, por ley, estas debían ir acompañadas de un hombre).

Sus ensayos y artículos retrataban la realidad del país, más en concreto, la de la mujer. Tuvo a su cargo varias columnas, en las que hizo gala de un estilo impregnado de naturalidad y realismo. En Lecturas para la mujer transgredió los límites impuestos: pasó de escribir sobre viajes y tratar temas domésticos y de belleza —tradicionalmente femeninos— a plasmar sus inquietudes sociales y a comprometerse en asuntos de mayor envergadura política y social: la abolición de la pena de muerte, su defensa del divorcio (postura que le valió el sobrenombre de la divorciada), su personal lucha por los principios republicanos y los derechos del niño y de la clase trabajadora y, sobre todo, su entrega a la inserción de la mujer en la esfera pública. Con El pleito del divorcio forjó un debate público antesala de la reforma legal puesta en marcha en la II República. En El rostro de la mujer exhortaba a las españolas a luchar por el sufragio femenino y reivindicar su papel en la sociedad. Desde varios periódicos, De Burgos constituyó una figura clave en el resurgir intelectual de aquella España.

Carmen de Burgos defendió el papel femenino en la vida social y en la literatura y dedicó sus esfuerzos al levantamiento moral de la mujer de las primeras décadas del siglo. Sus artículos y conferencias hicieron temblar los cimientos del mundo femenino español de los años veinte y treinta. No obstante, esta feminista temprana, progresista e independiente, ferviente europeísta y republicana acérrima, es un personaje desconocido para la inmensa mayoría. A su muerte en 1932 fue ensalzada por la recién estrenada II República (1931-1930), pero su nombre fue borrado de la memoria colectiva tras la Guerra Civil. El régimen franquista la incluyó entre los autores prohibidos y la excluyó de los libros de historia y literatura. La sumió en el olvido.

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