LENGUA
Por Irene Cuervo
Hace unos meses aprendí a reírme con los dedos.
Hasta entonces yo practicaba muy poco esa modalidad de conversación en la que una puede reírse antes con los dedos que con la boca. Huelga decir que no me refiero a ‘hacer con la azada en los terrenos llanos una pileta mayor que la serpia, a fin de extirpar las hierbas y recoger las aguas’, localismo andaluz que se incluía en 1936 en el DRAE y que en 2001 desapareció; ni tampoco a ‘beber chatos’, que figura en el Diccionario desde 1983 (en aquella edición se registraba como expresión vulgar; la definición exacta, mucho más ajustada y festiva que ahora, era entonces ‘tomar chatos de vino con los amigos’). Hablo, claro está, de ‘mantener una conversación mediante el intercambio de mensajes electrónicos’, voz que aún no registra el DRAE pero que sí aparece en el Panhispánico.
En la madrugada del 3 al 4 de diciembre de 2009, yo estaba en casa y chateaba con Silvia, que en ese momento vivía en Noruega. Hasta entonces, siempre que ella me contaba algo gracioso, yo me reía sola en la habitación y nadie más que yo se daba cuenta; ella, en cambio, se reía y escribía (era capaz de escribir) algo así como «jajaja», «JAJAJAJAJA», «jeje», «jiiijiji» y un largo catálogo de variantes mayúsculas y minúsculas, intercalando consonantes o vocales, poniendo y quitando sílabas: risas cortas o largas, serenas o explosivas, ingenuas o mordaces, muy diferentes entre sí. Y yo sabía o creía saber interpretarlas, pero no era capaz de producir, digamos, una risa con los dedos: me parecía poco espontáneo, poco real. Tal vez lo que pasaba era que hasta entonces yo me había entregado poco a los chatos electrónicos.
El caso es que esa noche hablé con Silvia de los (sus) distintos tipos de risas: de las diferencias que existían entre los (sus) jajajá y los (sus) jejejé, y de cómo ella, mucho más versada en estas cuestiones —claro: vivía lejos, chateaba—, emitía unas u otras voces a voluntad, a placer, sin necesidad de pensar en lo que estaba haciendo. A mí no me cabía en la cabeza. Sin embargo, una semana más tarde, aproximadamente, me reí con los dedos por primera vez, quizá de manera un poco forzada, y desde entonces lo he seguido haciendo, cada vez con más seguridad, pero sin llegar a dominar aún el artificio.
Digo que desde entonces lo he seguido haciendo porque desde entonces he chateado con más amigos y, antes o después, todos se ríen con los dedos. Todos se ríen y todos alternan las vocales, y cada risa tiene un significado: la mayoría utiliza el jajajá, casi todos introducen frecuentemente algún jejejé y, muy de vez en cuando, se cuela también el jijijí. La última gran sorpresa, hace menos de un mes, llegó cuando me di cuenta de la elevada frecuencia con que Jimena utilizaba el jujujú. Le pedí explicaciones, le pregunté por el resto de vocales, anoté sus respuestas, las cotejé con las de Silvia y decidí que ya estaba bien: que la risa y sus tipos se merecían por lo menos una encuesta y un par de rinconetes.
Hasta la vigésima segunda edición, la de 2001, la Academia no registraba ni una sola risa. Es decir: ni ja, ni je, ni ju tenían cabida en el Diccionario. Sí estaban ji y jo, claro, pero por motivos distintos: la primera a partir de 1884, como letra griega, la de caos o Aquiles, que en las lenguas neolatinas es unas veces ch, otras c y otras qu; la segunda desde Autoridades, como sinónimo de cho (ahora so), voz del arriero empleada para detener a las caballerías; incluso dos ediciones (1803 y 1817) mencionan el refrán «Jo, que te estrego, burra de mi suegro», aplicado ‘a los que se resienten cuando les hacen bien’, y que ya citaba Correas.
Hoy las voces ja, je, jo y ju aparecen definidas de idéntico modo en el DRAE: son interjecciones que, repetidas, sirven ‘para indicar la risa, la burla o la incredulidad’. Ji es la única que, para la Academia, tan solo expresa risa o, en una segunda acepción poco usual, júbilo. Jo, además, se incluye como eufemismo (por joder) ‘para expresar irritación, enfado, asombro, etc.’, y ju ju, por su parte, remite a ijujú, que desde 1936 nos sirve ‘para expresar júbilo’ (¿?).
¿Es posible tanta unanimidad? ¿De verdad es lo mismo un ja que un je que un jo que un ju? En los próximos rinconetes, mis amigos y yo intentaremos demostrar que no, que no es lo mismo en absoluto.