LITERATURA
Por Blas Matamoro
La matanza de Tlatelolco (1968) generó, si no una literatura, sí una producción de textos de todas las clases: novelas, investigaciones históricas, crónicas, ensayos. Hasta el propio Octavio Paz revisó su clave para leer la historia de México en Posdata, donde replantea, de algún modo, El laberinto de la soledad. Pero hay algo que estaba ocurriendo en el mundo de las artes y las letras por aquellos años que tiene que ver con ese conato de revolución estudiantil resuelto en masacre por las mal llamadas fuerzas del orden. No me refiero a Mayo del 68, happening parisino más mediático que otra cosa, sino al auge del estructuralismo y la eclosión de las neovanguardias.
En las artes plásticas se introdujo el objeto pop, una cosa vulgar que se sacaba de contexto y se convertía en pieza de museo, así como los objetos con los que el espectador podía interactuar: hamacarse, encender luces, abrir cerrojos, echar chorros de agua. En las letras, la denominada nueva novela francesa peraltaba el objetivismo y dejaba la narración llena de artefactos industriales pero vacía de personas, físicas y psicológicas. Métodos de lenguaje alternativo, como la historieta y la radionovela, sustituían al discurso diputadamente literario de las tradiciones.
El estructuralismo planteaba la existencia de estructuras autónomas y descentradas, lo cual, en la narrativa, podía llevar a lo inenarrable y a la yuxtaposición de episodios inconexos, que el lector podía alinear a su gusto o dejar como una visión de la vida en tanto dispersión y caos. Como es lógico, el armazón de una novela consabida quedaba en desuso y también la división de géneros. Se dejó de hablar de novela, poema, cuento, ensayo, literatura, libro y se mantuvo en uso la mágica palabra: texto.
A pesar de su alusión a Tlatelolco, La invitación de Juan García Ponce deja en suspenso lo indudable de la referencia y sostiene en el aire de la indeterminación, aunque conservando un lenguaje claro —dentro de la claridad que pueden exhibir las palabras— y prometiendo un relato. El protagonista se llama R y lo vemos enfermo, convaleciente, preso, conduciendo un coche que en verdad anda por sí mismo, en una serie de escenas que pueden ser anteriores o posteriores, imprecisamente. No sabremos si los eventos ocurrieron, son el contenido de una pesadilla o si han perdido realidad como si nunca hubiesen pasado. La noción misma de pasado, o sea de historicidad, se diluye por completo. ¿Es una alusión a la desmemoria social? Al lector la respuesta.
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