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Viernes, 3 de septiembre de 2010

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MÚSICA Y ESCENA

Pedro Albéniz y el piano romántico

Por José Ramón Ripoll

No demasiado conocido e hijo del organista y clavecinista español Mateo Albéniz, Pedro Albéniz y Basanta nació en Logroño en 1795 y comenzó su educación bajo la tutela de su padre. A los diez años de edad fue nombrado organista de la parroquia de San Vicente de su ciudad natal. Viajó a París a estudiar con Herz y Klakbrenner, donde recibió el aplauso de Rossini, entre otros compositores. En 1828 se instaló en San Sebastián como maestro de capilla de Santa María. En 1830 se dio a conocer, con éxito, en Madrid y pronto fue nombrado profesor de piano y acompañamiento del Real Conservatorio y organista de la Capilla Real. Magnífico e importante pedagogo, Pedro Albéniz introdujo en nuestro país la escuela moderna de piano, resumida en su famoso tratado para dicho instrumento. Entre el amplio repertorio que nos ha legado destacan, por su brillantez y virtuosismo, las piezas para dos pianos. Como era costumbre en el siglo xix, las fantasías operísticas eran un reto para los pianistas. Bellini, Rossini o Donizzetti gozaban de innumerables transcripciones, variaciones y fantasías para teclado. La técnica pianística de Pedro Albéniz era tan versátil y amplia que llegó, en un ejercicio casi comparativo, a fundirse con la música de escena de una manera casi natural, como demuestran sus piezas sobre temas de Bellini o Verdi, verdaderos ejemplos de sencillez artística, en el sentido de querer olvidarse de su propio estilo personal para poner todos sus conocimientos al servicio de la obra trascrita, de la misma manera que le ocurriera a Liszt con Beethoven.

En el año 1852, Pedro Albéniz y Basanta publicó una obra importante, no sólo para el desarrollo romántico del piano español, sino para el futuro de la música española, en cuanto a su engranaje con la tradición y con la ricas fuentes del folclore. Se trata de Corona musical de canciones populares españolas, selección que muy posteriormente sería tenida en cuenta por el otro Albéniz —Isaac—, Granados y los compositores nacionalistas españoles de finales del xix y principios del xx. Con Los jardines de Aranjuez y las Piezas características españolas, ambas concebidas para la modalidad de dos pianos, Pedro Albéniz se reafirma, al final de su catálogo, como un compositor empeñado en la edificación de una música nacional, entroncando con el impulso romántico de la época.

Pedro Albéniz también es autor de una amplia colección de música religiosa, conservada en el Archivo Eclesiástico de San Sebastián, así como de otras obras pianísticas y vocales que se encuentran en el Palacio Real de Madrid, ciudad esta donde desarrolló su labor profesional durante los últimos veinticinco años hasta su muerte, ocurrida e 1855.

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