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Jueves, 2 de septiembre de 2010

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Cine y televisión

Teatro en Estudio 1 (V). Matar al hijo, destruir a la gaviota

Por Inés García Riesco

Los mitos son los mitos, el arte es el arte, el paso del tiempo es el paso del tiempo y, en el fondo, si se piensa detenidamente, lo de matar al padre no parece tan escandaloso. Uno siente mucha menos empatía, dónde va a parar, hacia la postura contraria, la de matar al hijo. O al menos hacia la posición hostil, egoísta y burlona que representa en este caso la actriz Irina Arkádina. Porque comprendemos que Kostia, el joven escritor que quiere interpretar la vida tal y como se le aparece en los sueños, pelee a través de sus dramas contra el mundo viejo, acomodado y vacío que representa su madre; pero que ella lo llame decadente, inútil, vago o pequeñoburgués de Kiev y, sin haber leído nada suyo, se burle de cuanto el hijo escribe, o que decida marcharse justo después del primer intento de suicidio del joven… eso, eso ya es mucho más serio.

La cámara se posa por primera vez en la corteza de un árbol donde alguien ha grabado los nombres de Nina y Kostia dentro de un corazón. Los de los actores —Julián Mateos, María Massip, Fernando Rey o Luisa Sala, por citar solamente a los cuatro protagonistas— están escritos sobre las hojas secas. Y al final, después de tanto otoño, la presentación termina con una gaviota muerta. Todo hace presagiar que vamos a asistir a un dramón, por mucho que el subtítulo rece, en los libros de Anton Chéjov, «comedia en cuatro actos». Y así es.

La gaviota se estrenó en Estudio 1 en 1967, precedida de un prólogo muy breve en que se citan, de pasada, los dos estrenos, tan distintos, de la comedia: el fracaso de 1896 en San Petersburgo y el éxito de 1898 en Moscú, con la compañía de Stanislavski. La obra habla de ilusiones, de sufrimiento, de arte y de literatura, aunque decir todo eso sea no decir nada. También habla de dos generaciones perdidas, de cuatro personajes descolocados; de dos jóvenes ardientes y cursis que al comienzo se abrazan de perfil y que después acabarán, cada uno a su modo, destruidos, en tanto que la pareja adulta acabará sobreviviendo a duras penas en medio de la pose universal. Y también habla de mediocridad: la de los escritores que no son Zola ni Tolstoi ni Turguéniev, la de las actrices que tienen instantes (pero solo instantes) de brillantez. Y de amor, por supuesto: un amor que siempre es triste y salta de un lugar a otro. Medvedenko quiere a Masha, Masha quiere a Kostia, Kostia quiere a Nina, Nina quiere a Trigorin… Etcétera. Nadie es del todo correspondido, no existe una sola pareja feliz, o no por mucho tiempo.

La adaptación de Alberto González Vergel se aparta muy poco del original, salvo en momentos puntuales. Se suprime algún chiste, se altera la edad de algún personaje (Sorin tiene aquí setenta años, diez más que en el original, lo cual realza sus achaques, pero también lo hace menos verosímil como hermano de Irina, de cuarenta y tres), se elimina toda mención al rapé. Y, quién sabe si para exacerbar la sobriedad chejoviana o con qué otros motivos, Trigorin y Nina no llegan a despedirse de modo tan vehemente como en el original cuando acaba el tercer acto, ni tampoco queda claro que el hijo de la joven lo sea también del escritor. Pero además se suprime un largo fragmento donde Kostia compara su método con el de Trigorin. El joven, ya un escritor consagrado, se muestra convencido de que, en realidad, no es cuestión de moldes viejos o nuevos, sino de escribir «sin pensar en formas de ninguna clase, de escribir porque le sale a uno del alma» (cito por la trad. de Juan López Morillas).

Trigorin —el hombre sin voluntad—, mientras tanto, saca su libretita y apunta una idea para una novela corta o un cuento largo: un hombre llega por casualidad a las orillas del lago donde vive una joven libre y feliz; y, sin ningún motivo, simplemente «por hacer algo», la destruye. Como a una gaviota.

Nina, que observa al escritor, lo mira arrobada y exclama, sin comprender nada de lo que está pasando: «Mi sueño…».

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