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Viernes, 25 de septiembre de 2009

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Cine y televisión

La escopeta nacional

Por Llanos Navarro García

¿Cómo deberían de sentirse los siempre selectos «invitados» de un viejo y hacendado marqués a disfrutar con él y los suyos de una agradable jornada de caza? Pues, si entre ellos figura un ministro, un aspirante a ministro, el ex dictador de un anónimo país hispanoamericano y un industrial catalán ávido por conseguir apoyos para sus negocios, con sus respectivas consortes y, sobre todo, si este hecho se produce durante los años del gobierno de Franco, el sentimiento generalizado, lejos de parecerse a la satisfacción propia del que espera un estupendo día en el campo junto a unos amigos, nos recordará mucho más a la inquietud propia de quien sabe que se le ofrece una importante oportunidad cuyo desperdicio sería imperdonable. En La escopeta nacional, de Luis G. Berlanga, este es un hecho que se nos muestra insistentemente a lo largo de toda la película, hasta el punto de constituir su eje argumental, por más que las distintas cuestiones puestas sobre el tapete a partir de este planteamiento sean todas dignas de consideración. Tanto es así, que el marqués en cuya finca tiene lugar todo el desarrollo de la trama, consciente del valor adquirido por esos eventos sociales que sólo él puede permitirse, decide rentabilizarlos permitiendo a determinados individuos de la plebe su asistencia, siempre y cuando corran secretamente con los gastos. Y eso hace el pobre Jaume, tentado por la posibilidad de que el apoyo gubernamental acabe por convertirlo en un hombre mucho más rico.

Dice Berlanga que la idea se le ocurrió a partir de una anécdota protagonizada por el entonces ministro de Franco, Manuel Fraga, quien disparó accidentalmente a la hija del caudillo en las nalgas (apunta el número aproximado de los perdigonazos recibidos) durante una jornada semejante a la que describe. Le creemos, claro, pero tendrá que reconocer que, a partir de ese hecho —un tanto surrealista, sí— su imaginación lo llevó por los derroteros que le son propios como director de cine, empujándolo a expresar en esta historia coral, divertida y soez, algunos de los secretos a voces del franquismo. Nada de sutilezas ahora: un cura con muy mala leche más papista que el Papa, al que le importa un bledo el Tribunal de la Rota y cualquier opinión de la Iglesia que contradiga la suya; un marqués decadente y ¿sólo fetichista? cuyo hijo hace lo que puede por seguir sus lujuriosos pasos. Ardua tarea, por lo que se convierte en un onanista sin remisión condenado a permanecer junto a una esposa a la que ha dejado tuerta de un disparo, de pura desesperación. Un ministro que se apunta al soborno y otro que no tarda ni un día en exhibir su poder y su desprecio hacia los más débiles. Y mujeres hermosas que se arriman al árbol de mejor sombra rentabilizando como pueden sus encantos. En medio, Jaume, inmerso cada vez más en esta vorágine de humillación sin límites, en la que nada es auténtico, nada está exento del más mezquino de los intereses. Es divertido, sí. Un humor esperpéntico distinto al de otras cintas del director está presente en esta obra. Pero, al igual que otras veces (mucho más incluso que en títulos como La vaquilla y tanto quizá como en Plácido), Berlanga nos obsequia con una sonrisa amarga, la que nace de la constatación de los aspectos más miserables del ser humano. Un humor más grueso ahora, sin duda, no hay lugar para la sutileza aquí, pero igualmente inquietante. Porque es cierto que la película se ubica en tiempos ya pasados, pero no lo es menos que la actitud de cínica degradación de los personajes que se nos muestra posee una actualidad tristemente atemporal.

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