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Martes, 22 de septiembre de 2009

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ARTE / Claroscuro

El salvamento del Museo del Prado (II).
Los traslados

Por Susana Calvo Capilla

La alarmante situación del Museo del Prado a primeros de noviembre de 1936, alcanzado por las bombas que la Legión Cóndor alemana y la aviación italiana lanzaban sobre Madrid, llevó al Gobierno de la República a evacuar el edificio de Villanueva, que entonces también servía de refugio a multitud de obras incautadas para su protección en toda la capital. El Ministerio de Instrucción Pública instó a los responsables del Prado a preparar los cuarenta mejores cuadros de la colección para su traslado hasta Valencia, sede entonces del Gobierno. Ante la negativa del director en funciones del museo, Francisco Javier Sánchez Cantón, de hacer una elección semejante y de enviar las obras con tanta premura sin la conveniente conservación preventiva, el Ministerio nombró a varios delegados para realizar los primeros envíos sobre una lista elaborada por el Director General de Bellas Artes, Josep Renau. En ella figuraban varios Grecos, Tintorettos, Tizianos y los mejores Velázquez (incluidas Las lanzas, obra ya comentada en Claroscuro) y Goyas.

Los problemas y desatinos de estos traslados iniciales fueron corregidos por la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, creada en julio de 1936 para proteger las obras de arte de propiedad estatal, eclesiástica y particular. Desde diciembre de ese mismo fatídico año, la Junta organizó los envíos en colaboración con el personal del museo y mejoró su seguridad, mientras que la Casa Macarrón se ocupaba del correcto embalaje de los cuadros en una ciudad donde  escaseaban hasta los clavos. El 2 de enero de 1937 salieron Las lanzas hacia Valencia para ser depositadas en las Torres de Serrano o en la Iglesia del Patriarca, donde la Junta había instalado un taller de restauración con personal del Prado. Poco antes de que las tropas insurrectas cortaran el paso entre Levante y Cataluña con la ofensiva de Aragón, en marzo de 1938, el Gobierno republicano así como los intelectuales y el Tesoro Artístico iniciaron su retirada hacia Barcelona. El nuevo traslado se hizo en condiciones más precarias y apresuradas y, en consecuencia, fue más accidentado. Los castillos gerundenses de Figueras y Peralada, a poco más de diez kilómetros de la frontera con Francia, sirvieron de refugio esta vez. En enero de 1939 la guerra estaba decidida y el hostigamiento aéreo sobre Cataluña era inmisericorde.

En esas circunstancias, los camiones cargados con la crema de la colección del Prado iniciaron el camino del exilio, cruzando los Pirineos como tantos españoles. Sólo entonces la comunidad internacional tomó conciencia del peligro que corría el Tesoro Artístico español y, pese a las trabas burocráticas y el escaso respaldo oficial, un Comité Internacional «pour la Sauvegarde des Trésors d’Art Espagnols» ayudó a su traslado en tren hasta Ginebra. Tras una breve exposición en la sede de la Sociedad de Naciones de dicha ciudad, las pinturas fueron devueltas a Madrid en septiembre de 1939. Timoteo Pérez Rubio, presidente de la Junta Central del Tesoro Artístico, intentó, sin éxito, hacer entrega de los inventarios elaborados durante la evacuación al nuevo gobierno militar, presidido por el general Franco, quien, dicho sea de paso, se negó a pagar a la Sociedad de Naciones los gastos de la repatriación, cosa que finalmente hicieron conocidos mecenas españoles como Cambó, el duque de Alba y Romanones.

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