Cine y televisión
Por Llanos Navarro García
Guantanamera es la última obra de Gutiérrez Alea, estrenada en 1995, un año antes de su muerte. En ella, el director cubano regresa a la búsqueda de los sucesos capaces de transformar insospechadamente la vida de sus personajes, como ya había hecho en Fresa y chocolate. La muerte repentina de la mujer a la que se ha esperado durante cincuenta años, recién recuperada, el reencuentro de antiguos amores prohibidos, la lucidez tardíamente audaz de la senectud: estos son algunos de los temas que aparecen durante este absurdo viaje emprendido por el cortejo fúnebre que traslada de la forma más peregrina el cuerpo de Gina desde Guantánamo hasta La Habana. Pero, pese a que estos temas aparecen recurrentemente a lo largo de toda la película, interactuando dialécticamente entre sí y constituyendo en gran medida el eje vertebrador de la historia, no se puede decir que acaparen todo el interés del espectador, ni mucho menos, por mucho que gran parte del encanto de la película resida en el tono amable y romántico que se les ha querido imprimir. Entre continuas sonrisas y frecuentes guiños a la comedia de enredo, Gutiérrez Alea introduce una nada inocente crítica de la sociedad cubana, expresada no sólo mediante la exhibición de las penurias de los isleños y de sus tretas para ir sobreviviendo lo mejor posible, sino también a través del patético retrato que se nos ofrece del personaje del funcionario ávido de gloria que dirige esta extraña comitiva.
Llama la atención la sátira que es capaz de llevar a la pantalla este director, activo partícipe en la creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos en 1959, allá por los comienzos de la Revolución Cubana. Y es curioso porque, si bien nunca sometió el arte, según su propia declaración de principios, a los propósitos propagandísticos de una ideología en la que creía, sí que partió de su propio posicionamiento ideológico, el cual quedó reflejado en títulos como Historias de la revolución o Muerte de un burócrata. Ahora, es evidente, ha experimentado, cuanto menos, una evolución, nacida sin duda de la libertad que siempre se impuso y que desemboca en la capacidad demostrada en Guantanamera para criticar sin complacencias una realidad cubana especialmente dolorosa para quien, quizá, había albergado expectativas más optimistas. Sea como fuere, lo que queda demostrado en esta cinta es la facultad de Gutiérrez Alea para sortear con maestría las posibles dificultades de expresión sin cortapisas, con la habilidad de quien ha sido antes cocinero que fraile, disfrazando de inocente comedia romántica un honesto retrato de la sociedad cubana de los últimos tiempos.
Con frecuencia divertida, de vez en cuando tierna, desmesurada en la parodia en algún momento y aleccionadora siempre: Guantanamera constituye, sin duda, el digno colofón de una brillante trayectoria.