LITERATURA
Por Margarita Garbisu Buesa
No descubrimos nada nuevo al afirmar que la literatura no es patrimonio exclusivamente nacional, que emigra e inmigra, que se difunde de un país a otro, de una época a otra, traspasando fronteras de toda índole y dando lugar a términos como recepción, influencia, traducción, reescritura o intertextualidad; un escritor que bebe de otro en otra lengua, un estudioso que desentraña claves ajenas, una revista que recoge creaciones de tierras más o menos lejanas, una obra que reescribe otra obra, un mito que se reitera en otros tiempos y países, un traductor que se enfrenta a textos imposibles… Esta es la verdad de la literatura universal, algo que en la España de la primera posguerra se había quedado en el camino, gracias a la exaltación de una cultura exclusivamente nacional, de cerrazón extrema y en pro de la patria y el caudillo.
En los cincuenta el panorama español empieza tímidamente a cambiar y ciertos aires de apertura se van respirando en todos los ámbitos, incluido el cultural. En este ambiente o quizá ayudando a favorecer este ambiente, se celebra en 1953 el II Congreso de Poesía en Salamanca, tal y como nos explica el estudioso José Luis Puerto en un magnífico volumen publicado en 2003 al respecto. El congreso fue organizado por el poeta falangista Dionisio Ridruejo y por Joaquín Pérez Villanueva, entonces Director General de Enseñanza Universitaria, y tuvo lugar entre el 5 y el 10 de julio, como continuación a una edición previa, celebrada en Segovia en 1952. Lo inauguró el propio Pérez Villanueva, quien en su discurso afirmó que el objetivo de la reunión era «establecer contacto físico y espiritual entre unos y otros», esto es, entre poetas españoles y extranjeros.
Bien que este afán aperturista siempre haya que limitarlo a la ideología franquista, pero lo cierto es que en el congreso de Salamanca se habló en español, inglés, francés, italiano, portugués y catalán; se aunó a autores hispanoamericanos y a españoles de diversas generaciones, de antes y después de la guerra; se homenajeó a Unamuno ante su tumba; se disertó sobre la poesía italiana y catalana contemporáneas; y Giuseppe Ungaretti, Luc Estang y Roy Campbell leyeron sus versos en sus lenguas propias, así como Clementina Arderíu, J. V. Foix, Tomás Garcés y Carles Riba los suyos en catalán. Éstos solo fueron algunos de los participantes; la lista es mucho más larga, no solo de poetas, también de estudiosos. Entre estos últimos, dos nombres ilustres: el belga Edmond Vandercamen y el italiano Oreste Macrí, a quienes se agradeció públicamente su labor como difusores de las letras españolas en sus países respectivos. Macrí rondaba entonces los cuarenta y su entusiasmo por lo hispano era claro, pero aún no había conocido a un poeta a quien dedicaría muchas horas de estudio y afecto: me refiero a Jorge Guillén, autor del Veintisiete, exiliado entonces en Estados Unidos y ausente, como tantos otros, del congreso de Salamanca. La otra cara de la moneda, el duro revés «a la convivencia completa de la vida cultural española», a la que, junto a una «España abierta al mundo», Ridruejo apeló en su discurso de clausura.
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