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Martes, 15 de septiembre de 2009

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ARTE / Claroscuro

¡Aún dicen que el pescado es caro!

Por Elena Paulino Montero

Ya no le enseñaba el puño al mar. Le volvía la espalda con desprecio, pero amenazaba a alguien que estaba tierra adentro, a la torre del Miguelete, que alzaba a lo lejos su robusta mole sobre los tejados de la ciudad. Allí estaba el enemigo, el verdadero autor de la catástrofe. Y el puño de la bruja del mar, hinchado y enorme, siguió amenazando a la ciudad, mientras su boca vomitaba injurias. ¡Que viniesen allí todas las zorras que regateaban al comprar en la pescadería! ¿Aún les parecía caro el pescado? ¡A duro debía costar la libra!

De esta forma concluye Blasco Ibáñez su novela Flor de Mayo. Ese mismo año de 1895, Sorolla consigue una medalla de Primera Clase en la Exposición Nacional con el cuadro titulado ¡Aún dicen que el pescado es caro!, testimonio de la relación que se estableció entre el pintor y el escritor. A menudo se ha señalado la relación entre Flor de Mayo y gran parte de la obra de Sorolla, por estar ambas ambientadas en las playas valencianas y tener como protagonistas a los pescadores. Sin embargo, frente a la narración de Blasco Ibáñez, en la que se nos describe con toda su crudeza la lucha de los hombres contra el mar, Sorolla, en sus escenas de playa, presenta un mundo completamente diferente, un paisaje humano con el mar brillante y en calma. En este cuadro, sin embargo, representa el drama de los pescadores y, para ello, prescinde del mar y recurre al espacio interior, casi asfixiante, del camarote del barco. Como la Tía Picores de la novela de Blasco Ibáñez, Sorolla no culpa al mar de la tragedia, sino que su puño se vuelve hacia el interior.

Pintura de un marinero herido, atendido por dos compañeros en la bodega de su barca

Joaquín Sorolla (1863-1923): ¡Aún dicen que el pescado es caro! (detalle).

Óleo sobre lienzo, 151 x 127 cm

Núm. de inventario: 4649

Este espacio interior, el entorno en el que se desarrolla la escena, adquiere una gran importancia. Podemos observar cómo los personajes, que son los protagonistas de la tragedia, no son los protagonistas absolutos del cuadro. Sorolla recurre a la iconografía clásica para expresar el drama de la escena y sitúa a los personajes como si de una Piedad moderna se tratase. Sin embargo no aparecen en el centro de la composición, de forma jerarquizada, sino que, con una mirada muy moderna, Sorolla los desplaza hacia la derecha, como un elemento más de la escena. No podemos olvidar la influencia que la fotografía tuvo en la pintura de Sorolla. Su trabajo en el estudio fotográfico de Antonio García, su futuro suegro, y su relación con algunos de los más afamados fotógrafos de la época le permitieron desarrollar una «mirada fotográfica» que aplicó en su pintura, realizando encuadres y composiciones de gran modernidad en las que los personajes constituyen un elemento más dentro del cuadro, y comparten su protagonismo con el resto de los elementos pictóricos.

Entre estos elementos pictóricos destaca la luz, que es una preocupación constante en toda la pintura de Sorolla. En esta obra, la única luz que ilumina la escena es la que penetra por la parte superior, por una escotilla que no vemos, y que se refleja en la escalera, en la camisa del pescador más anciano y en la carne blanca del muchacho herido. La misma luz incide también sobre el cuenco situado en primer término, que constituye un pequeño estudio de los reflejos cambiantes de la luz en la superficie agitada del agua, y arranca destellos plateados en el montón de peces del fondo, uno de los fragmentos más modernos del cuadro.

¡Aún dicen que el pescado es caro!supone uno de los últimos acercamientos de Sorolla al realismo social, y también uno de los más efectivos, pero en él podemos apreciar cómo el artista comienza a experimentar con otros aspectos pictóricos que le resultan más interesantes y que definirán su obra posterior. El realismo social había sustituido a la pintura de historia como género predilecto en los medios oficiales, por lo que Sorolla recurrió a él para labrarse un nombre como pintor en el entorno de las Exposiciones Nacionales. Sin embargo fue un género que no atrajo al pintor y que, a partir de 1900, una vez consolidado su éxito, abandonará por completo. Debido a esta ausencia de interés no es extraño que tanto en la elección de temas como de títulos se viera influido por otros artistas como Jiménez Aranda o como el propio Blasco Ibáñez, con el que mantuvo una larga y sólida amistad, tal y como queda reflejado en el prólogo a la nueva edición de Flor de Mayo en 1923: «Trabajamos juntos, él en sus lienzos, yo en mi novela, teniendo enfrente el mismo modelo. Así se reanudó nuestra amistad y fuimos hermanos, hasta que hace poco nos separó la muerte. Era Joaquín Sorolla».

 

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