Cine y televisión
Por Llanos Navarro García
La ley del deseo es el título con el que Almodóvar expresa concisa pero contundentemente el tema esencial de una historia que se sustenta sobre el propósito de mostrar las trágicas consecuencias de las implacables leyes del amor. Así de explícitamente queda planteado desde el principio y ese es el tono que se mantiene hasta el final, a pesar de los irrenunciables paréntesis cómicos, al más puro estilo del cineasta manchego.
Pablo es autor teatral y director de cine y está profundamente enamorado de Juan, un joven al que decide abandonar con la escasa firmeza que le permite la pasión que lo atormenta. Juan, por su parte, se debate entre su amor por Pablo y la frustración de sentirse incapaz de colmar unas expectativas que ni siquiera comprende. Por último, durante un breve e infructuoso intento de separación aparece Antonio, quien experimenta por Pablo un amor simple y posesivo, que lo lleva a negar con firme ceguera la realidad de no ser correspondido. Esta historia no pasaría de ser una versión homosexual del clásico triángulo amoroso si no planteara con seriedad situaciones que resuelve con maestría.
Cuatro personajes atormentados (por más que el de Teo quede al margen de este conflicto) de los cuales tres muestran sus motivaciones claramente. Queda, pues, por diseccionar el alma de Pablo, quien parece culpar de todos sus males a su vieja máquina de escribir, con la que ha dado a luz sus éxitos más notables. Y he aquí otro elemento, uno de los más interesantes: la estrechísima relación que se crea en la película entre ficción y realidad, entre lo que anhelamos y lo que poseemos. El personaje de este magnífico Eusebio Poncela rechaza el afecto de Juan por insuficiente, por más que el muchacho se empeñe en mantener intactos los vínculos que los unen. La carta que recibe desde la playa le parece muy pobre. No, no es suficiente saber que es añorado, que los momentos vividos por el otro allá lejos evocan el recuerdo de uno, ni con ser apremiado a acudir al encuentro, no. Queda un vacío indefinible que debe ser llenado con palabras que confirmen que Juan lo necesita con el mismo profundo desasosiego que su ausencia le provoca y decide jugar a un juego inocente, el de poner en sus labios las frases anheladas, las que expresan con un rigor no exento de poesía la dependencia absoluta, los vínculos perfectos, íntimos, insondables. Los acontecimientos se precipitarán inesperadamente, en uno de los típicos giros almodovarianos, y la hermosa mentira acabará convirtiéndose en el desencadenante de la tragedia.
Refugiado en el escudo de la ficción, herido por la necesidad de una plenitud inasible, Pablo no se plantea la naturaleza absoluta y dominante de su amor por Juan porque entiende que no hay otro modo posible de amar. Hasta que, en el último instante, frente a frente su rostro y el de Antonio, se revela el espejo y se impone el abrazo conmovido, fruto de una lucidez tardía que le muestra que la locura del otro era también la suya, y que ambas nacían de los efectos de la misma tiránica ley, la del deseo.