ARTE / Claroscuro
Por Laura Rodríguez Peinado
El guerrero o montero procedente de San Baudelio de Berlanga es uno de los seis fragmentos de pinturas de la ermita soriana, otrora monasterio, que se conservan en el Museo del Prado en calidad de depósito indefinido del Metropolitan Museum de Nueva York desde 1957.
Actualmente se tiende a datar estas pinturas en la segunda década del siglo xii, poco después de que concluyese la edificación del recinto, y se piensa que pudo ser el mismo maestro el que ejecutó el ciclo religioso, con escenas situadas en la cabecera y en el registro superior de la nave y el ciclo cinegético, que estaba dispuesto en el registro inferior. Dentro de este ciclo se incluye este guerrero o montero, si se pone en relación con la serie de animales representados. Como en el resto de las pinturas de este ciclo, la figura destaca sobre un fondo monocromo, viste túnica talar, calza botines y sujeta una lanza y una rodela, escudo circular que le cubre gran parte del cuerpo, propio en esta época de los guerreros andalusíes, lo que denota la influencia islámica. La posición en escorzo de uno de sus pies contribuye a la creación espacial a pesar de ser una representación bidimensional.
Aunque se pensaba que los temas cinegéticos tenían un carácter profano de difícil significación en este conjunto, tras las últimas investigaciones se les ha asignado un contenido moral descifrable para los monjes, que serían los que podrían contemplar en su totalidad las pinturas de este registro y que giraría en torno a las virtudes que debían practicar y las tentaciones que debían dominar. Concretamente el guerrero podría simbolizar el miles Dei que debía combatir el pecado encarnado por los animales que se encontraban en sus inmediaciones. Su situación en el templo frente a la única puerta de entrada serviría también como freno al mal procedente del mundo exterior.
En la parte superior se imita un rico tejido de seda oriental que enmarca un fingido vano formado con arco de herradura de tradición islámica. El tejido se decora con cuadrúpedos de difícil identificación por su anatomía estereotipada dispuestos en actitud pasante e incluidos en círculos. Este sistema compositivo, propio de los tejidos orientales al menos desde la época sasánida y difundidos por la cuenca del Mediterráneo por los bizantinos primero y los musulmanes después, se conoce como rotatas por disponer la decoración en círculos que podían ser tangentes o enlazados entre sí por medio de otros más pequeños y decorados con otros motivos. En la época en la que se ejecutaron estas pinturas, las sedas decoradas con rotatas más apreciadas eran las realizadas en Bagdad, pero por su exclusividad y alto costo eran imitadas en los telares de los centros textiles distribuidos en los distintos territorios del mundo islámico, entre los que destacaban en al-Ándalus los talleres de Almería que desde la caída del califato cordobés suplantaron en fama y calidad a los de la antigua capital. Los tejidos con estas características realizados en estos talleres se conocían como baldaquíes al estar realizados «a la manera de Bagdad» y por su calidad llegaron a igualar a los de origen bagdadí. Por su carácter exclusivo y suntuario eran codiciados por los altos dignatarios cristianos, tanto civiles como religiosos, que los utilizaron tanto para su indumentaria de ceremonia, como para completar la decoración de las estancias más importantes de sus moradas, porque los ricos tejidos de seda eran símbolo de prestigio y poder.
En los edificios religiosos los ricos cortinajes ornados con bellos motivos no solamente aportaban esplendor y lujo subrayado por el brillo de los materiales utilizados en su factura, sino que también cumplían fines litúrgicos separando el altar o santuario del resto del templo o los distintos espacios destinados para los fieles en éste corriéndose y descorriéndose según marcaba el ritmo de la ceremonia que permitía ver o exigía ocultar los ritos que se estaban practicando. También estos tejidos se podían utilizar como colgaduras engalanando los muros y cuando por su alto costo no se podían adquirir, se imitaban por medio de pinturas. En San Baudelio de Berlanga la simulación de estos ricos tejidos no se limita a enmarcar escenas como la que estamos comentando, también forman paneles, como el que se conserva en el mismo Museo del Prado, y se recrean cortinajes con composiciones en rotatas rematando la parte inferior de los muros, como se puede ver en el propio edificio tras recuperarse las pinturas después de la última intervención que finalizó en 2002.
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