Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Juan de Pareja fue esclavo y criado de Velázquez. Había nacido en Sevilla en torno a 1610 y era mestizo —según algunas fuentes, de origen musulmán—. Sirvió a Velázquez hasta la muerte de éste y después a su hija, casada con el también pintor Juan Bautista Martínez del Mazo.

Juan de Pareja (ca. 1610-1670): Vocación de San Mateo (detalle)
Lienzo, 225 x 325 cm
Núm. de inventario: 1041
Aunque al parecer su amo sólo le permitía moler colores, aparejar lienzos y hacer recados, Juan de Pareja aprendió a hurtadillas el «oficio» y quiso que le fuera reconocida su destreza con los pinceles, según la anécdota que inserta Antonio Palomino en su Parnaso Español Pintoresco y Laureado. Cuenta este autor que conociendo el esclavo la costumbre de Felipe IV de visitar regularmente el taller de su Pintor de Cámara y curiosear los cuadros que apoyaban en las paredes, un día colocó allí uno de los suyos. Al volver el lienzo el monarca, Pareja «se puso a sus pies y le suplicó que le amparase para con su amo, sin cuyo consentimiento había aprendido el arte de la pintura». El rey advirtió entonces a Velázquez que alguien con semejante habilidad no podía ser esclavo. No se sabe con exactitud en qué fecha fue manumitido, ni si lo fue a raíz de este suceso, en el caso de que fuera cierto, pero el hecho es que no pasó a la historia como pintor, que lo fue aunque mediocre, sino como sirviente del maestro sevillano. Aún así, alcanzó en parte su objetivo y sus obras se conservan hoy en el Museo del Prado. Es lógico que Velázquez no quisiera que el esclavo pintara, sobre todo cuando él y su entorno erudito reclamaban para la pintura el estatus de arte liberal, como noble ejercicio intelectual y no oficio manual (véase Ut pictura poesis, algo que esgrimió más tarde para entrar en la Orden de Santiago. Tampoco es excepcional que Velázquez tuviera un esclavo. La esclavitud era corriente en la época en toda el área mediterránea y a muchos pintores les servían de ayudantes, entre ellos al propio suegro del maestro, Francisco Pacheco, que tenía un turco, y a Bartolomé Murillo.
En esta Vocación de San Mateo, Pareja, imitando a su maestro, se autorretrató entre los personajes. De hecho, esa imagen sirvió para identificar al retratado por Velázquez en el lienzo hoy conservado en el Metropolitan Museum de Nueva York, pintado en Roma en 1650 y expuesto en el Panteón de Roma. Entre ambos retratos se aprecian notables diferencias, y no sólo de calidad. Velázquez nos presenta a un personaje de tez aceitunada y mirada desafiante, con «una prestancia digna de un Otelo» según acertada expresión de J. Gállego. Viste de forma elegante, con una valona de encaje de Flandes que entonces estaba prohibida en España por ostentosa. En su autorretrato, sin embargo, Pareja mira con orgullo pero sin desprecio, su tez es más clara, su pelo menos encrespado, su peinado y su bigote muy similares a los del propio Velázquez en sus autorretratos.