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Martes, 23 de septiembre de 2008

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Arte / Claroscuro

La fiesta de San Pedro ad Vincula

Por Marta Poza Yagüe

La noche anterior al día en que Herodes se proponía exhibirle al pueblo, hallándose Pedro dormido entre los soldados, sujeto con dos cadenas y guardada la puerta de la prisión por centinelas, un ángel del Señor se presentó en el calabozo, que quedó iluminado; y golpeando a Pedro en el costado, le despertó diciendo: Levántate pronto; y se cayeron las cadenas de sus manos. El ángel añadió: Cíñete y cálzate tus sandalias. Hízolo así. Y agregó: Envuélvete en tu manto y sígueme. Y salió en pos de él.
(Hc. 12, 6-9)

Según nos cuentan los Hechos de los Apóstoles (12, 3-19), Herodes Agripa, para agradar a los judíos y tras ordenar el martirio de Santiago el Mayor, decretó el encarcelamiento de San Pedro en Jerusalén. Allí recibe la visita de un ángel que, tras romper ataduras, lo libera sin que la fuga sea advertida por los guardianes encargados de su custodia. Para conmemorar el suceso, la Iglesia instituyó la festividad de San Pedro ad Vincula, solemnidad que se celebra el 1 de agosto.

Ilustración. Antonio de Pereda y Salgado (1611-1678): «San Pedro libertado por un ángel» (detalle)

Antonio de Pereda y Salgado (1611-1678): San Pedro libertado por un ángel (detalle)
Óleo sobre lienzo, 145 x 110 cm Núm. de inventario: 1340

El asunto fue representado por Antonio de Pereda, en 1643, en uno de los mejores momentos creativos del pintor vallisoletano. Siguiendo al pie de la letra el relato bíblico, nos presenta a San Pedro sentado en su celda, escuchando las explicaciones del ángel que le indica cómo salir. A sus pies, las cadenas ya están abiertas y una zapatilla desabrochada en primer término espera para ser calzada. Llaman la atención el colorido, heredero de la tradición veneciana, una luz fuertemente contrastada que ilumina a los protagonistas mientras deja en penumbra el espacio lúgubre de la prisión, así como la habilidad característica del artista para transmitir las calidades matéricas de los tejidos, con un detalle de excelencia en la factura de los flecos que rematan el paño que sirve de ceñidor al preso. El Apóstol es monumental en su concepción, con un tratamiento de la piel y el cabello que revela el conocimiento del arte de Ribera. Concentra su fuerza expresiva en la disposición de las manos, de correcto dibujo, y, de forma especial, en los detalles del rostro: la boca entreabierta y unos ojos con destellos vidriosos que se vuelven hacia el ángel, tal vez mezcla de agradecimiento, incredulidad, pero también de cansancio por los años vividos como manifiestan las marcadas arrugas que surcan su frente. Tras él, sirve de contrapunto por su mayor dulzura la figura del ángel, mucho más próximo a modelos nórdicos que meridionales, como han puesto de manifiesto los especialistas.

Procedente de la colección del Conde de Leyva, el lienzo fue adquirido por el Patronato del Tesoro Artístico con destino al Prado en junio de 1931.

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