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Martes, 16 de septiembre de 2008

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Arte / Claroscuro

Santiago de la Marca o, de nuevo,
El milagro del cáliz emponzoñado

Por Marta Poza Yagüe

A finales de la década de los cincuenta del siglo xvii, al poco de su llegada a Madrid, Zurbarán recibe el encargo de realizar una serie de cuadros sobre santos franciscanos con destino a la Capilla de San Diego, del convento alcalaíno de Santa María de Jesús, custodio de las reliquias del santo complutense.

Ilustración. Francisco de Zurbarán (1598-1664): «San Jacobo de la Marca» (detalle)

Francisco de Zurbarán (1598-1664): San Jacobo de la Marca (detalle)
Óleo sobre lienzo, 291 x 165 cm Núm. de inventario: 2472

Uno de ellos, firmado por el maestro extremeño en la base de la columna situada en el extremo derecho, representa a Santiago de la Marca, santo italiano nacido en 1391 en la Marca de Ancona, localidad de la que procede el sobrenombre por el que es conocido. Predicador en Italia, Alemania y Polonia, murió en Nápoles en 1476. Tras su canonización en 1726, su festividad se celebra el 28 de enero. Aunque cuentan sus hagiógrafos que uno de los milagros más sorprendentes que realizó fue el de cruzar un caudaloso río con la única ayuda de su manto extendido sobre la corriente, Zurbarán lo ha efigiado en un momento mucho más solemne y cargado de simbolismo. En primer término, cobijado por amplio cortinón carmesí y ataviado con el característico hábito de la orden seráfica, el venerable Jacobo de la Marca levanta con una de sus manos una copa de vino que irradia una tamizada luz, al tiempo que señala al objeto con la otra mano. El episodio hace referencia a un intento de envenenamiento sufrido por el santo, de cuyo peligro fue advertido por un pequeño dragoncillo que surgió del fondo del líquido y al que superó haciendo un signo de bendición sobre el cáliz. El gesto de sujetar el recipiente con la mano velada, así como el detalle del haz luminoso rodeándolo, ha llevado a algunos investigadores ha señalar un simbolismo eucarístico, tal como nos recuerda A. Pérez Sánchez.

El suceso, lejos de ser exclusivo de él, cuenta con amplia tradición, habiéndole sucedido con anterioridad tanto a San Juan Evangelista, a quien puso a prueba Aristodemo, Sumo Sacerdote del templo de Diana en Éfeso, como a San Benito, al que tratan de envenenar sus propios monjes de Vicovaro, monasterio del que era abad.

La composición es sobria, de marcada verticalidad subrayada por los recios volúmenes arquitectónicos que sirven de marco a la escena y en los que las líneas puras no hacen concesión alguna al detalle ornamental en pilastras, balaustrada o escalones. La luz, sabiamente dirigida, crea una atmósfera aterciopelada. La paleta cromática es reducida, dominada por tonos fríos de los que sólo escapan el púrpura del paño con el que sujeta la copa y el color del líquido contenido. El dibujo, como en toda su producción, magistral.

Al fondo, en un espacio abierto que parece un patio, un grupo de personajes, entre los que se advierten varios franciscanos, celebran otro de los milagros de San Jacobo: la resurrección de un niño que, vuelto a la vida, busca el abrazo de sus padres.

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