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Viernes, 5 de septiembre de 2008

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LITERATURA

Horacio Castellanos Moya:
como lava de volcán sobre El Salvador1

Por Luis Alonso Girgado

Dice Roberto Bolaño en el breve texto que es epílogo de la reciente edición de El asco (subtítulo: Thomas Bernhard en San Salvador) del salvadoreño Horacio Castellanos Moya —edición de finales de 2007 con el sello editorial de Tusquets—, que Horacio Castellanos «escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país» (pág. 132), frase que contiene al menos dos certidumbres: la de una escritura que arrasa casi todo lo que toca y que, al tiempo, mantiene una altísima temperatura crítica en la visión que el escritor arroja de la historia reciente de su país. Cabe recordarle al lector de estas líneas que Tusquets ha publicado buena parte de la narrativa de este salvadoreño errante por distintos exilios, que en 2000 Casiopea publicaba Tres relatos violentos (uno de ellos era El asco), y que años después la orensana Linteo ofrecía La diabla en el espejo (Bolaño, bien informado, lo recuerda), que es uno de los mejores logros del escritor, de quien hay que resaltar su arriesgada aventura periodística y su resistencia a las amenazas que por El asco recibió en su país, donde resultó «insoportable para los nacionalistas» (pág. 130).

Todo en El asco es claro y directo. La situación elocutiva, que no varía, nos remite a un monodiálogo entre dos amigos que se reencuentran tras muchos años en un bar, La Lumbre, que es el único paraíso posible, el oasis salvador (en toda la ciudad de San Salvador) para Vega, Edgardo Vega, que es quien lleva la batuta verbal en esta perorata imparable, en esta ascendente manifestación de encadenada verborrea que no deja títere con cabeza y que, en conjunto, arroja vitriolo o sulfúrico, furia e ira sobre la ciudad y el país, sobre las gentes, la sociedad y las instituciones, sobre los militares y la enseñanza, la medicina y la gastronomía y todo lo divino y lo humano salvadoreño, objeto, pues, de una atroz diatriba, de un repudio radical, de un asco generalizado. Sin que lo airado de la expresión decaiga, el inventario de ascos va de lo trascendente (crímenes, corrupción, analfabetismo) hasta lo cotidiano más o menos trivial (la comida «nacional», la vida familiar, el paisaje) lo que conlleva un giro del efecto del discurso de lo trágico a lo cómico para el disfrute del lector, que ve como el hablante-narrador cae en el ridículo por la desproporción entre su exaltación verbal y lo inocuo de la realidad que la suscita.

País con trece años de guerra civil a cuestas, país que «solo existe por sus crímenes» y de políticos «salvajemente ignorantes», país que hace «del terror su modo permanente de vida», El Salvador, tiene en el autor de El asco a su más implacable retratista. Esta novela corta, delirante tragicomedia (aunque más tragedia haya) que es El asco, es un abierto ajuste de cuentas, un vómito, una denuncia llena de sarcasmo y una invectiva feroz. Horacio Castellanos ha extremado, atirantado más allá de cualquier limitación, la visión de su país natal, convertido en un amasijo deforme y repulsivo. La buena literatura, y esta lo es, asume aquí función —denunciadora, social, crítica— de riesgo, pero sale de ello bien librada. Vean si no este libro, tan obsesivo, tan ácido y no exento de cierto humor.

(1) Publicado en Nordesia, Diario de Ferrol, 2 de marzo de 2008. ^

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