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Martes, 2 de septiembre de 2008

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Arte / Claroscuro

Velázquez y la pintura religiosa

Por Susana Calvo capilla

Este pequeño cuadro de Cristo crucificado lleva la firma de Velázquez y la fecha de 1631. Velázquez había vuelto ese mismo año de su primer viaje a Italia, empapado de Clasicismo y de Antigüedad.

Ilustración. Diego Velázquez de Silva (1599-1660): «Cristo en la Cruz» (detalle)

Diego Velázquez de Silva (1599-1660): Cristo en la Cruz (detalle)
Lienzo, 100 x 57 cm Núm. de inventario: 2903

Es evidente que este pequeño Cristo no resiste la comparación con la obra maestra ejecutada un año después por encargo regio para el convento de San Plácido de Madrid, pero en él se anuncian algunos de los logros de este último, en parte relacionados con lo aprendido en Italia. Destacan el extraordinario tratamiento anatómico y la belleza de un cuerpo idealizado que, tal y como preconizaba Francisco Pacheco en su tratado El Arte de la Pintura, debía servir para enfatizar el horrible castigo que se le infligió. No obstante, el patetismo del rostro de Cristo y el acento dramático de la calavera a los pies de la cruz —aquí mostrada entera—, lo acercan más al modelo de Pacheco que a la sobriedad del Cristo de San Plácido. Suele identificarse este lienzo de la Crucifixión con uno inventariado a la muerte del pintor entre sus bienes, lo que revelaría cierto apego sentimental hacia él. Después nada se supo del cuadro hasta el fin de la Guerra Civil, cuando en 1940 los restauradores del Museo del Prado encontraron la firma. Era una de las obras que había sido salvada de los bombardeos por la Junta del Tesoro Artístico de la República y procedía del Convento del Santísimo Sacramento de Madrid, de bernardas recoletas. Las monjas cedieron la obra al Estado a cambio de que este reconstruyera la iglesia de su destruido convento.

Las obras religiosas son escasas en el conjunto de la prolífica producción de Velázquez. La mitad de ellas las pintó en Sevilla en su etapa de juventud (de 1619 data La adoración de los Magos) y el resto en Madrid, aunque solo tres, que se sepa, fueron encargos de Felipe IV: San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño, para una capilla del Palacio del Buen Retiro, La coronación de la Virgen, para el oratorio de la reina en el Alcázar de Madrid, y el citado Cristo del Convento de San Plácido. Entre La coronación de 1636 y su muerte en 1660 no se tiene noticia de que concibiera ningún otro lienzo religioso. ¿Por qué Velázquez pintó tan pocos cuadros religiosos? A menudo, a la hora de interpretar actitudes o hechos del pasado suele echarse mano de conceptos actuales que falsean en gran medida la realidad histórica. Así, algunos autores han planteado dudas sobre la propia religiosidad del maestro sevillano o sobre su interés por la pintura religiosa, dando de él una imagen de laica modernidad que poco tendría de real en una España donde la Iglesia seguía celebrando autos de fe. La razón habría que buscarla en factores circunstanciales, como el hecho de que fuese pintor de corte, ocupado principalmente en hacer retratos de la familia real, e historias o mitologías para decorar los palacios. Se podría pensar que si no pintó más cuadros religiosos es porque en la Corte no se los pidieron. De hecho fueron otros sus clientes. Pero ello no quiere decir que Velázquez no se tomara interés por esas obras, que están entre las más complejas y conmovedoras de su producción, o que fuera refractario a la observancia católica. Se sabe que mantenía buenas relaciones con legos devotos, que seguía las celebraciones religiosas y que en Italia prefirió visitar el santuario de la Virgen en Loreto a pasar por Bolonia, importante foco artístico. En el inventario de sus bienes se citan cuadros religiosos (entre ellos quizá estuviera este) y hasta relicarios, si bien solo poseía dos libros de teología. Así pues, aunque no podemos saber cuál era su grado de sinceridad religiosa, tampoco hay que suponerle una excepción en su tiempo.

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