Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Bóvedas de Tiziano era el nombre que recibían unas salas del Alcázar de los Austrias de Madrid, situadas en la planta baja, junto al «Jardín del Emperador», donde Felipe IV (1621-1665) y su conservador de pintura, Diego Velázquez (m. 1660), habían reunido gran parte de los cuadros de desnudos. Frente a la heterogeneidad iconográfica y estilística del resto de las salas del Alcázar y de los demás Reales Sitios, éstas congregaban las mejores mitologías e historias centradas en la pasión erótica, el engaño amoroso o la violencia sexual, y constituían uno de los más destacables conjuntos de pintura veneciana de Europa. Allí, el monarca podía disfrutar en intimidad de la belleza de esos «cuerpos a la intemperie», como dijo Gonzalo Torrente Ballester (Crónica del Rey Pasmado). Constituían un paraíso de placeres al que no renunció a pesar de ser un monarca católico; sin duda una saludable (aunque hipócrita) doble moral que compartió con muchos otros reyes y nobles europeos, empezando por el mismísimo Felipe II. Precisamente para este último fue pintado en 1554 Venus y Adonis, que formaba parte de las Poesías realizadas por Tiziano entre 1553 y 1562.

Tiziano Vecellio di Gregorio (1485-1576): Venus y Adonis (detalle)
Lienzo, 186 x 207 cm
Núm. de inventario: 422
Pero la sensualidad explícita de dichos lienzos se convirtió en un problema vergonzante para los monarcas Borbones, que comenzaron a arrinconar los cuadros eróticos por parecerles poco «apropiados». El cambio de gusto estético y de actitud hacia ellos se inició con Felipe V, que no dudó en regalar varios Tizianos al embajador francés,desbaratando así la espléndida serie de sus Poesías que daba nombre a los salones. Con razón algunos se preguntan si tuvo algo que ver en ello la singular relación que ligaba a los Austrias con el pintor veneciano. Por ironías del destino y para nuestro regocijo, gran parte de la espléndida colección de desnudos se salvó del incendio que destruyó el Alcázar en 1734. Las Bóvedas de Tiziano, a diferencia de las posteriores Salas Reservadas instituidas por los Borbones, no tenían un carácter represivo o censor sino fundamentalmente elitista y excluyente. Respondían a la idea de que la contemplación de desnudos sólo era aceptable desde un punto de vista moral para un reducido número de personas de condición elevada, pero perjudicial, y por tanto vedada, para el resto. Los monarcas podían apreciar intelectualmente estas obras por sus virtudes plásticas y su contenido literario, no sólo por valores sensuales.
En época de Felipe IV, este Venus y Adonis solía exponerse junto a otras dos versiones del tema pintadas por Annibale Carracci y El Veronés, que ya fueron comentadas en esta sección. Sus amores constituían el paradigma de los peligros que entraña la pasión amorosa y eran entonces un arquetipo de erotismo. Ya lo advertía el embajador Francisco de Vargas, que cuando vio el cuadro anunció al rey: «[es] cosa de grande estima y en que Tiziano se ha esmerado mucho, sino que es demasiado lascivo». Nadie como Tiziano supo reflejar la sensualidad del cuerpo femenino con tan alto grado de sensibilidad y elegancia. No es extraño que los poetas del Siglo de Oro cantaran sus virtudes a menudo: «No se viera más bella y peregrina / de divino pincel dibuxo humano, / corrida al quadro la veloz cortina / la celebrada Venus del Tiziano» (Lope de Vega en Amarilis).