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Martes, 11 de septiembre de 2007

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Arte / Claroscuro

La venganza de los albigenses

Por Marta Poza Yagüe

Las primeras décadas del siglo xiii asisten a la aprobación papal de dos nuevas órdenes religiosas, franciscanos y dominicos, cuyo estilo de vida supone un cambio radical respecto al monasticismo claustral dominante en Europa durante la Alta Edad Media. Saliendo de los muros de sus conventos y tomando contacto directo con la realidad de las gentes de su tiempo, los Hermanos Mendicantes pondrán el acento en sus sermones en la importancia de retornar a la pobreza evangélica; los Padres Predicadores, por su parte, se convertirán en los máximos defensores de la fe y la doctrina y, consecuentemente, en el azote de cátaros y albigenses, cuyas heréticas ideas comenzaban a extenderse peligrosamente desde sus enclaves del sur de Francia. A esta misión dedicó su vida uno de los más destacados miembros de la Orden Dominica: San Pedro Mártir.

Ilustración. Pedro Berruguete (ca. 1450-ca. 1503/1504): «San Pedro Mártir» (detalle)

Pedro Berruguete (ca. 1450-ca. 1503/1504): San Pedro Mártir (detalle)
Tabla, 177 x 90 cm Núm. de inventario: 617

Nacido en Verona en 1203, a los quince años ingresó en el convento de los Dominicos de Bolonia. Destacándose desde muy temprano por la vehemencia de sus ataques contra los albigenses, en 1232 fue nombrado por el papa Inquisidor de la Fe en Milán. Los herejes, cansados del hostigamiento sin tregua al que estaban siendo sometidos por el fraile, deciden vengarse y urden un plan para acabar con su vida. Encabezados por dos nobles cátaros venecianos, cuyas propiedades habían sido confiscadas por esta razón, y con la aquiescencia del obispo heterodoxo Daniele de Giussano, contratan los servicios de un mercenario, Carino de Balsamo, quien, emboscado entre los árboles del camino que discurre entre Como y Milán, dará muerte al santo el 29 de abril de 1252. Cuentan sus biógrafos que, con un machete atravesado en su cráneo y con una daga clavada en el pecho, aún tuvo fuerzas para escribir sobre el suelo, con su propia sangre, las palabras iniciales del Credo: Credo in Deum.

Su cargo de inquisidor sería seguramente uno de los motivos fundamentales que inclinaron al entonces Inquisidor General de Castilla, Fray Tomás de Torquemada, a encargar a Berruguete un retablo dedicado a su vida y milagros, destinado al monasterio de Santo Tomás de Ávila del que era Prior. La tabla central muestra la efigie del titular según su iconografía más característica.

Domina la composición la figura del santo de Verona, ataviado con el hábito dominico, mirando de forma un tanto melancólica al espectador. Sobre el nimbo que corona su cabeza, destaca la cuchilla clavada en el cráneo; en el centro del pecho, una abertura de la capa permite ver el extremo de la hoja de la daga que acabó con su vida. Su condición de mártir queda testificada por la rama de palma que eleva con la mano derecha, elemento salpicado por la presencia de tres coronas de oro, interpretadas por algunos autores como referencia a las tres virtudes teologales. Con la mano izquierda muestra un volumen abierto, en cuyas páginas puede leerse el texto del Credo. De mayor tamaño que las demás, y escritas con una significativa tinta roja, destacan las tres primeras palabras, Credo in Deum, como recuerdo del último acto que realizó antes de morir.

La figura, de una corporeidad casi escultórica, subrayada por los gruesos pliegues de las vestiduras que lo envuelven, presenta sin embargo un aspecto sereno. Ninguna gota de sangre asoma de sus heridas, como tampoco su rostro trasluce el dolor del martirio.

La composición, equilibrada y elegante, es ejemplo de la plástica renacentista aprendida por el autor durante los años de estancia en Italia. El espacio queda definido por los motivos geométricos de la rica alfombra que cubre el suelo, dando profundidad a la escena; la estancia, abierta hacia un fondo arbolado, queda limitada por esbeltas columnas de orden clásico. No obstante, y como ocurre en la mayoría de sus obras, Berruguete no renuncia a la inclusión de elementos góticos, propios del estilo hispanoflamenco en boga en la Castilla de fines del siglo xv, como prueba el monumental brocado dorado que sirve de telón de fondo a la imagen.

La obra, como el resto de las que componían el retablo, permanecieron en el claustro alto del convento abulense hasta mediados del siglo xix cuando, tras la Desamortización de Mendizábal, fue trasladado al Museo de la Trinidad. Desde allí ingresará en El Prado.

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