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Martes, 4 de septiembre de 2007

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Arte / Claroscuro

Retrato de un vividor

Por Marta Poza Yagüe

El misántropo, El doble engaño, La posesa, El cartaginés, Las bebedoras de cicuta, El adulador o La trasquilada son sólo algunos títulos famosos de las cerca de ciento ochenta comedias escritas por el poeta griego Menandro (ca. 340 a. C.- ca. 292 a. C.). Ateniense de nacimiento, Menandro es considerado uno de los máximos representantes de la denominada Comedia nueva, un género que, frente al fuerte contenido filosófico de los textos del siglo anterior, busca en la realidad, en la vida cotidiana, la fuente de inspiración para sus obras. Por ellas pululan gentes de toda clase social, desde los nuevos burgueses urbanos que cuentan con más de una posesión, hasta aquellos campesinos menos favorecidos sin apenas un techo bajo el que cobijarse, pero que tratan de sobrellevar su existencia con la mayor dignidad posible.

Ilustración. Escultura romana (siglo I d. C.), copia de un original helenístico (ca. 290 a.C.): «Retrato del autor de comedias Menandro» (detalle)

Escultura romana (siglo I d. C.), copia de un original helenístico (ca. 290 a.C.): Retrato del autor de comedias Menandro (detalle)
Mármol blanco, 42 cm de altura
Núm. de inventario: E-81

Entre el diverso deambular de tipos, en las comedias de Menandro suele ser corriente la presencia de heteras, de edad y procedencia diversas, siempre interpretando un papel protagonista. Tal vez este último aspecto no sea sino un reflejo literario de su propia vida. Poseedor de una abultada fortuna, vivía una vida regalada en una villa situada en las cercanías del Pireo, en la que disfrutaba de la compañía de una cortesana llamada Glicea. Cuentan las malas lenguas que fue por no separarse de sus caricias la razón que le hizo rechazar una propuesta de Ptolomeo Soter de trasladarse a Egipto para trabajar en su corte. En comparación con todos los detalles que nos proporcionan sobre su vida, las fuentes, sin embargo, son rácanas en lo que respecta a su aspecto físico. Hablan de porte distinguido y expresión vivaz e inteligente, pero lo que nunca olvidan es mencionar un acusado estrabismo en sus ojos. La ausencia de pupilas marcadas hace difícil advertir esta lesión en un retrato suyo que se conserva en el Museo del Prado. Aún así, el escultor ha representado el ojo derecho algo más pequeño que el izquierdo, con el que no está alineado, tal vez intentando sugerir la deformidad óptica. Por lo demás, el busto madrileño, asentado sobre un pedestal reaprovechado en el que está inscrito en griego el nombre de Aristóteles, lo presenta de edad madura con arrugas en el entrecejo y surcos en torno a sus labios, imberbe, con gesto severo, pómulos prominentes y mentón puntiagudo. Su cabello, cuidadosamente pegado al cráneo en menudos bucles, termina sobre la frente en un característico mechón ondulado. La cabeza, ligeramente girada hacia la derecha, está circundada por los pliegues de un ampuloso manto.

El modelo para este busto, datado por los especialistas en el período trajano-adrianeo, parece ser una escultura de cuerpo entero, sedente sobre un escaño, realizada por Cefisódoto y Timarco (ca. 290 a. C.), tan sólo dos años después de la muerte del poeta. La talla fue colocada en el Teatro de Dionisos, en Atenas, donde aún la pudo ver Pausanias en el siglo ii de nuestra era:

Los atenienses tienen en el teatro imágenes que representan a poetas trágicos y cómicos; la mayoría de éstos son los menos conocidos, ya que, a excepción de la de Menandro, no se ven esculturas de ningún poeta cómico famoso. De los trágicos conocidos, Eurípides y Sófocles son los que tienen esculturas. (Pausanias, Descripción de Grecia, I, 21, 1).

Adquirida en Roma, ingresó en El Prado procedente de la colección de J. N. de Azara. Además de esta, la pinacoteca madrileña es propietaria también de otra copia del busto de Menandro, en esta ocasión de bronce, obra renacentista del siglo xvi. Se piensa que esta última pudo ser comprada por Velázquez durante uno de sus viajes a Italia.

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