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Martes, 19 de septiembre de 2006

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ARTE / Claroscuro

Acompañando a Quevedo en su viaje al Infierno

Por Marta Poza Yagüe

Inquietante es, cuando menos, el episodio que presentó a concurso el catalán Sans Cabot en la Exposición Nacional de 1858 y por el que mereció una medalla de segunda clase.

Ante un fondo tenebroso, de grandes rocas que amenazan con desplomarse sobre los protagonistas, Francisco de Quevedo asiste como espectador a una particular escena infernal. Con los brazos cruzados sobre el pecho, vestido con traje negro en el que destaca la roja cruz de la Orden de Santiago y escuchando las explicaciones que le ofrece al oído un demonio de cabeza cornuda y rasgos grotescos, el escritor contempla a través de sus característicos anteojos cómo un desaliñado Lutero, ataviado con hábito gris de monje agustino, es torturado por dos figuras femeninas de voluptuosas siluetas.

El trasunto literario del cuadro debe buscarse en el conocido Sueño del Infierno de Quevedo, más tarde retitulado por propio autor como Las Zahúrdas de Plutón. Discurso de carácter moralizador, como el resto de los que componen la serie de Los sueños (1627), nos presenta al escritor como el protagonista de un inusitado viaje al Infierno durante el que puede ver cuáles son los principales vicios que afectan a la sociedad y cuáles sus castigos correspondientes. Obra dentro de la más absoluta ortodoxia cristiana (pese a las murmuraciones que provocó en algunos círculos teológicos), recurre a la sátira —que no a la burla— como el medio más eficaz de poner en evidencia el relajamiento de costumbres que detecta en su época.

Ante sí desfilan mercaderes, joyeros, médicos, letrados, taberneros, zapateros, tintoreros y representantes de prácticamente todas las profesiones del momento; ricos y pobres; campesinos, nobles, reyes y eclesiásticos; hombres y mujeres; alcahuetas, falsas beatas, rameras, sodomitas y cornudos; astrólogos, alquimistas y supersticiosos..., hasta componer un amplísimo abanico de tipos y actuaciones del que muy pocos se salvan (curiosamente, él mismo se sorprende de no encontrar escribanos y del reducido número de soldados que hay). Casi al final del trayecto, llega el turno de los herejes. De todos ellos, el que desata su mayor ira es Lutero, a quien recrimina todos los errores dogmáticos que le llevaron a separarse de la Iglesia de Roma:

Al cabo estaba el maldito Lutero con su capilla y sus mujeres, hinchado como un sapo y blasfemando. (...).Válame Dios, dixe llegándome a Lutero, ¿cómo ah, mal hombre, por no dezir: cómo, ah, mal fraile, te atreviste a dezir que no se habían de adorar las imágenes, si en ellas no se adora sino la espiritual grandeza que a nuestro modo representan? (...). Dizes también que Cristo pagó por todos y que no hay sino vivir como quisiéramos, porque el que me hizo a mí me salvará a mí sin mí; bien, me hizo a mí sin mí, pero, hecho, siente que yo destruya su obra y manche su pintura y borre su imagen. Y si, como confiessas, sintió en el primer hombre tanto un pecado que, por satisfazerle mostrando su amor, murió, ¿cómo te dexas dezir que murió para darnos libertad de pecar quien siente tanto que pequemos? Y si murió y padeció Cristo para enseñarnos lo que cuesta un pecado, y lo que hemos de huirle ¿de dónde coliges que murió para darnos licencia para hazer delitos? Que satisfizo por todos es verdad, luego, ¿no tenemos que trabajar nosotros? ¡Mientes! pues hay que trabajar en no caer en otros y en pagar los cometidos delitos (...). Espántome, Lutero, de que supiesses nada. ¿De qué te aprovecharon tus letras y agudeza? Más le dixera si no me enterneciera la desventurada figura en que estaba el miserable Lutero. Estaba ahorcado, penando... ¡Oh, cómo lloré mirando su gesto torpe, con heridas y golpes, y afeado, con llamas sus ojos! No pude sino suspirar.

Este es el pasaje concreto elegido por Sans Cabot para componer su lienzo. Al igual que Quevedo, el pintor nos muestra a un Lutero pecador: gordo por la gula, con los ojos inyectados en sangre por la ira y la soberbia, y atormentado por la lujuria. Encadenado a una roca, no puede repeler el ataque de dos mujeres semidesnudas que se insinúan ante él y que, incluso, le hieren en el pecho provocándole un acusado gesto de dolor en el rostro. Es el castigo eterno por sus faltas. En correspondencia con el tema, los tonos son sombríos. Sólo rompe la penumbra general un potente foco de luz exterior que incide directamente en las blancas carnes de la seductora mujer que, dominando el primer plano, centra toda la composición.

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