Cine y televisión
Por Carolina Franquiz
Uno de los temas de eterno debate sobre el cine español es el doblaje y tiene una especial significación porque se asocia con un mecanismo de control ideológico durante el franquismo. En la República ya existía y se aplicaba especialmente en películas norteamericanas, pero es con la llegada al poder de Franco cuando toma mayor fuerza, y lo que empieza siendo una medida excusada en la protección de la industria nacional y la posibilidad de llegar al público analfabeto, se vuelve como un búmeran en contra de la misma y los propios espectadores. A través del doblaje se pueden cambiar los contenidos de los filmes, adaptando los diálogos y a veces hasta destrozando las bandas sonoras originales. El Estado decidía lo que los españoles podían y debían escuchar.
Se exalta todo lo patriótico y el idioma español entra en este paroxismo nacionalista: es nada más y nada menos que el idioma del imperio. Como señala Domènec Font en su libro Del azul al verde, existe un furor por «españolizar» todo lo que suene foráneo, se trata de convertir y rebautizar la historia mediante la inyección de nombres castellanos, se ordena quitar rótulos y títulos tanto en idiomas extranjeros como en idiomas peninsulares. Se llega hasta prohibir la inscripción en el registro civil de nombres no castellanos.
El 23 de abril de 1941 se establece la obligatoriedad del doblaje al castellano para todas las películas extranjeras. Una medida que, como señala Fernando Vizcaíno-Casas, en Historia y anécdotas del cine español resulta nefasta: «... cuya motivación es de una ingenuidad abrumadora: se quiere evitar que el público español se habitúe a las fonéticas extrañas, en perjuicio del rancio idioma castellano... El doblaje obligatorio fue, probablemente, el golpe mortal asestado a la producción cinematográfica española, que perdía de esta forma su mejor arma para enfrentarse a la imposible competencia con el cine de importación...».
La mayoría de los historiadores del cine y creadores de la época, independientemente de sus tendencias ideológicas estaban en contra del doblaje. Percibían, lo que iba a significar esta medida para la cinematografía nacional. En un principio manifestaron su desacuerdo, expresión que cayó en saco roto; baste ver los resultados de la producción nacional desde entonces y sobre todo de la distribución y exhibición de la misma.
José Enrique Monterde, en Historia del cine español. El cine de la autarquía. (1939-1950), hace ver que el enemigo está en casa, porque no sólo la medida del doblaje ayudaría a la penetración del cine de las grandes productoras internacionales: el doblaje obligatorio significó más que nada un inmenso regalo para el segmento más monopolístico y adicto al régimen del cine español. Aunque, como ya se indicó, un sector del régimen se oponía a esta ley, no hay que olvidar la vinculación de otros con la floreciente industria del doblaje (a través del sistema de reparto de licencias de importación de películas). Recuerda Monterde que la propiedad de los estudios, obligados a estar instalados en territorio español y a contratar personal nacional, correspondía a elementos afines a la distribución y a la exhibición.
El público español se acostumbró a esta medida y cuando llegó la derogación de la obligatoriedad del doblaje, el 25 de enero de 1947, éste se continúo realizando, como hasta el presente, sin apenas ser cuestionado. En la actualidad los espectadores excusan la inmovilidad de esta costumbre recordando la calidad del doblaje (no se discute); que irían al «paro» muchos trabajadores, (¿son tantos? ¿Quiénes tienen acceso a este trabajo?) Y por último la gente mayor no lee tan rápido (¿Y los jóvenes y personas de mediana edad?). En la mayoría de países de América Latina las películas se han proyectado y se siguen proyectando en versión original, quizás en estos momentos no son mercados tan apetecibles como España; pero reducir una película a la calidad comunicativa sólo de las palabras, es perder la oportunidad de apreciar la riqueza del lenguaje audiovisual. Tampoco se trata de la eliminación a toda costa del doblaje, no. Pero sí de su coexistencia en mayor medida con la versión original y sobre todo, de la posibilidad de reflexión de los propios espectadores respecto a su papel y responsabilidad en este proceso comunicativo.