ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
El siglo xviii es el siglo de la Ilustración, el siglo que cree poder dominar la naturaleza y mejorar las condiciones de vida de la sociedad en su conjunto gracias a las posibilidades que ofrecían la ciencia y el racionalismo. Un desarrollo a todos los niveles auspiciado por el poder estatal centralizado del monarca y sus ministros. Reformas que se concretan en una mejor articulación del país mediante la renovación de la red viaria; en la creación de nuevas poblaciones que, siguiendo un urbanismo racionalista, intentan organizar la explotación de todos los recursos naturales de la nación; en la imposición de cambios esenciales de comportamiento social encaminados a mejorar la salubridad general como es la creación de hospitales, alcantarillados, acueductos o cementerios; en la elevación cultural del pueblo mediante la creación de instituciones científicas y de enseñanza, caso de los jardines botánicos, los observatorios astronómicos o las reales academias de Bellas Artes, Farmacia, de la Lengua, Matemáticas; en la creación de los santuarios del arte, es decir los museos; en la potenciación de una sociedad algo más laica, en donde la razón y la ciencia se convierten en el contrapeso de la religión y sus principios dogmáticos.
En España podríamos señalar varios protagonistas entre los que destacan el rey Carlos III y en particular uno de sus ministros: José Moñino (Murcia, 21 de octubre de 1728-Sevilla, 30 de diciembre de 1808), conde de Floridablanca. Tras estudiar leyes en la Universidad de Salamanca y colaborar con el ministro Esquilache, Carlos III lo nombra fiscal del Consejo de Castilla. Su intervención en la expulsión de los jesuitas en 1767 fue decisiva, e incluso intentó su extinción al ser nombrado embajador en Roma. En 1777 obtuvo el cargo de ministro. Fomentó el progreso del país mediante la mejora de la marina, la vigilancia y construcción de puertos, abrió nuevos caminos terrestres de comunicación, construyó puentes, canales y acueductos, favoreció la creación del Observatorio de Madrid, el Gabinete de Historia Natural, el Banco de San Fernando o la Compañía Filipinas, etcétera. Carlos IV siguió depositando en él su confianza, aunque no se libró de la persecución al caer en desgracia tras ser acusado de malversación de fondos públicos, en una estrategia urdida por su enemigo y nuevo ministro el conde de Aranda. Se retiró al convento de franciscanos de Murcia donde permaneció hasta la caída de Godoy y abdicación de Carlos IV. Tras la invasión napoleónica fue elegido por la resistencia presidente de la Junta de Murcia y posteriormente presidió la Central en Madrid, desde donde se trasladó a la capital hispalense al aproximarse las tropas de Napoleón. Tal fue su reconocimiento que fue sepultado en el panteón real de Sevilla. Carlos IV le concedió el Toisón de Oro.
En este lienzo el conde de Floridablanca aparece pintado junto a Mercurio y Plutón, en alusión a su protección a las comunicaciones y el comercio, tanto por tierra como por mar donde reinan ambas divinidades respectivamente. El plano que se extiende sobre la mesa nos recuerda todos aquellos proyectos auspiciados y dirigidos por él.
Respecto al pintor, sabemos que Bernardo Martínez Barranco (1738-1791) estudió en Madrid y en Italia (Turín, Roma, Nápoles) donde se ve muy atraído por la obra de Correggio. A su vuelta a España consiguió ser académico de la Academia de Bellas Artes de San Fernando y pintor de Carlos III. Además de por sus pinturas, es conocido por el diseño de las ilustraciones de la edición madrileña del Quijote aparecida en 1780.