ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
En 1943, en plena segunda guerra mundial, el mexicano Marius de Zayas (Veracruz, México, 1880-Nueva York, EE.UU., 1961) vivía con su mujer, la norteamericana Virgina Randolph Harrison, en un castillo cerca de Grenoble. Por su doble condición de americano, enemigo por ende de los alemanes, y de artista degenerado, según la definición que los nazis hacían del arte del movimiento Dada, del que era miembro, y de sus amigos Picabia, André Breton o Duchamp, entre otros, su presencia en la Francia ocupada suponía un riesgo. La actitud del régimen de Vichy y la presencia de partisanos y tropas alemanas en las cercanías les hacía temer lo peor: requisa de bienes y deportación a un campo. En este contexto tan delicado, parece probable que con la donación de siete de sus esculturas al Museo del Prado Zayas intentara obtener cierta protección del régimen de Franco para escapar y salvaguardar su colección de arte. El caricaturista mexicano escribió en marzo de 1943 al embajador español en Vichy, José Félix de Lequerica, ofreciendo la colección al Museo pero sin revelar de forma clara su identidad. Se decía mexicano descendiente de españoles, interesado en donar a la «madre patria» su colección. El gobierno franquista aceptó de buen grado el ofrecimiento y se iniciaron los trámites para el traslado, aparentemente sin sospechar siquiera que aquél «Mario» de Zayas era amigo nada menos que de Picasso, el autor del Guernica, y de otros artistas de vanguardia vinculados al Partido Comunista y a la II República española.
El traslado de las obras a España fue más lento de lo previsto por las trabas administrativas impuestas por las autoridades francesa y alemana. Todo el proceso quedó recogido en la correspondencia entre el propio Zayas y el embajador Lequerica y entre éste y las distintas estancias de Madrid, documentos publicados recientemente por Stephan F. Schröder. Por fin, el 27 de enero de 1944 llegaron las esculturas a Madrid y en marzo se expusieron en una de las rotondas del edificio de Villanueva.
Entre ellas estaba este pequeño torso de Kouros, o estatua de un joven de época Arcaica, adquirido por Zayas en París. Procede de la isla de Naxos y ha sido datado a mediados del siglo vi a. C. El kouros es un tipo escultórico que representa a un hombre joven, normalmente desnudo, caracterizado por una frontalidad rigurosa, los brazos pegados al cuerpo de forma simétrica, los puños cerrados, la pierna izquierda adelantada (forma de dar estabilidad a la estatua) y una musculatura modelada de forma dura y angulosa. Si bien le faltan la cabeza y las piernas a partir de las rodillas, se puede apreciar la esbeltez de esta figura del Prado. Difiere en tamaño de la mayoría de los kouroi, que pueden superar los 2 metros, aunque estas pequeñas estatuas también fueron frecuentes. Tanto unas como otras tenían un carácter votivo, pues eran obras encargadas por familias importantes para ofrecerlas a los dioses en sus templos. Encarnaban el ideal de belleza del hombre griego, una belleza hierática y fría todavía. En ese sentido pueden representar tanto a los hombres (quizá al aristócrata que lo encargaba), como a los dioses.