ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
En 1944, el mexicano Marius de Zayas donó al Museo del Prado un grupo de siete esculturas de diferentes culturas arcaicas. Aunque el régimen franquista le llegó a conceder la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica y la de Alfonso X el Sabio, su figura se mantuvo casi en el anonimato y rodeada de sombras. Las fechas y las azarosas circunstancias en que se produjo la donación, de la que hablaremos otro día, y la condición del donante, que nunca quiso aclarar su verdadera personalidad, provocaron una incertidumbre que afectó tanto al propietario como a las obras. Así, los primeros encargados de catalogar en 1952 las siete esculturas entregadas al Museo del Prado, Antonio Blanco Freijeiro y Antonio García y Bellido, hablaban de un diplomático mexicano destinado en su día en Oriente Próximo que había obtenido protección de la Embajada española en Francia durante la segunda guerra mundial. Como indica Stephan F. Schröder, las dudas sobre el donante y la colección hicieron cuestionar la autenticidad de las esculturas. Estudios recientes, como el catálogo de escultura del museo, han permitido conocer mejor las piezas.
Marius de Zayas, nacido en 1880 en Veracruz (México), hijo de un famoso intelectual mexicano, Rafael de Zayas, se inició en el mundo del arte en Nueva York, a donde llegó en 1907 con su familia (y donde murió en 1961). De la mano de Alfred Stieglitz y de su galería de arte, la 291 Fifth Avenue, Zayas entró en contacto con las corrientes artísticas más novedosas del momento: el cubismo, el expresionismo o el dadaísmo, del que fue un activo representante. Comenzó a trabajar como caricaturista, medio en el que desarrolló una particular forma de expresión: la «psicografía» (la imagen de una persona vista de forma subjetiva por el artista). Durante sus estancias en París se relacionó con Picasso, Rodin, Cezanne, Toulouse-Lautrec, Derain, Matisse o Duchamp, cuyas obras difundió por Estados Unidos a través de exposiciones y de ensayos en revistas de arte. En la galería de Stieglitz, Zayas organizó muestras tan importantes como la de 1914, en que se exponían por primera vez en Nueva York esculturas del África negra; al año siguiente, se mostraron esculturas de Gabón junto a obras de Picasso y Braque. Estas exhibiciones y otras celebradas en Europa desde 1900 revelaron el extraordinario valor estético (y no sólo etnográfico o cultural) del arte negro africano o de otras culturas, y resultaron en un auténtico revulsivo para algunos artistas de la época (Matisse o Picasso y sus Señoritas de Avignon —1907—, son la mejor muestra de ello). Zayas concibió entonces la idea de reunir una colección de esculturas de pueblos arcaicos (sumerios, egipcios, del Extremo Oriente o de la Antigua Grecia), parte de la cual luego donó al Museo del Prado.
No es extraño que los rasgos geométricos y duros que imprimen personalidad a este rostro de diorita atrajeran al caricaturista mexicano: un cráneo rapado, unas voluminosas cejas arqueadas que se unen con la nariz y enmarcan unos ojos almendrados y saltones, una boca con labios apretados, un redondeado mentón. A. Blanco identificó esta cabeza como perteneciente a una estatua de Gudea, el gobernador de Lagash, dada su similitud con otras estatuas suyas halladas en Tell Lagash, la capital sumeria (Iraq), sobre todo con una del British Museum. Dataría, por tanto, de hacia 2110 a. C.