Toman una senda en pendiente a través de mudos silencios,
abrupta, oscura, llena de densa niebla.
Y no llegaron lejos del límite de la parte más alta de la tierra:
allí temiendo que desfalleciera y ansioso por verla,
volvió el enamorado los ojos, y al punto Eurídice cayó de nuevo y,
extendiendo los brazos y luchando por ser alcanzada y alcanzar,
la desgracia no coge nada sino las brisas que se escapan.
Estos versos de Ovidio relatan el descenso de Orfeo a los infiernos
para rescatar a su amada Eurídice. La audacia de Orfeo, un mortal, hijo
de la ninfa Calíope y del tracio Eagro, no es banal; intenta hacer
realidad una reivindicación universal de los hombres, el deseo de
escapar de la trágica condición humana. Aunque parece conseguir su
propósito, pues logra conmover con su canto y su lira a Plutón y
Proserpina, a quienes Rubens envuelve intencionadamente en una sombra de
malos augurios, la muerte acaba imponiéndose.
Orfeo no puede cumplir la promesa, quebranta la premisa impuesta por
los dioses de no mirar hacia atrás. Ovidio y Virgilio atribuyen a la
impaciencia de Orfeo el desenlace fatal, la segunda muerte de Eurídice:
ardía en deseos de verla, temía por ella. En las Metamorfosis de
Ovidio se repiten dos ideas, que el amor humano es tan frágil y efímero
como la propia vida de los hombres y que, además, el amor conduce sin
remedio a la muerte.
Muchos autores han indagado, desde entonces, en este complejo mito
clásico. El poeta francés Jean Cocteau hace una simbólica y profunda
paráfrasis del mismo en su película Orphée (1950), pura poesía
cinematográfica. Para Cocteau, los espejos que reflejan el
envejecimiento y el avance ineluctable de la muerte son la puerta del
Hades. El cineasta Marcel Camus realiza en su Orfeu Negro (1958)
una transposición poética de la historia de Orfeo y Eurídice situándola
en el carnaval de Río de Janeiro. La banda sonora de Antonio Carlos
Jobim y Luiz Bonfa, una de las cimas de la bossa nova brasileña,
es parte esencial del lirismo de este Orfeo, cuyo descenso a los
infiernos es una sesión de candomblé. Tras su muerte, tres niños cogen
su guitarra y cantan su canción para que el sol salga de nuevo.
Según el relato de Ovidio, después del fracaso Orfeo quedó abatido.
Permaneció «sentado siete días en la orilla, desaliñado y sin el don de
Ceres, la pena, el dolor de su alma y las lágrimas fueron su alimento».
En los textos clásicos muere de forma trágica, desmembrado por las
feroces Ménades mientras cantaba y tocaba su lira. Esa muerte tiene un
claro simbolismo: como Dioniso y Osiris (el dios egipcio de los
muertos), Orfeo muere para renacer, su cuerpo fue recompuesto para una
segunda vida:
La sombra de Orfeo desciende bajo tierra, y los lugares
que antes viera, todos los reconoce; y al buscar por los Campos
Elíseos encuentra a Eurídice y la abraza con pasión.
Allí unas veces se pasean los dos juntos, lado a lado,
otras veces ella va delante y él la sigue, otras él la precede,
y ya sin temor Orfeo se vuelve a mirar a Eurídice.