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El mito de Orfeo


Martes, 28 de septiembre de 2004


Por Susana Calvo Capilla

       Toman una senda en pendiente a través de mudos silencios,
       abrupta, oscura, llena de densa niebla.
       Y no llegaron lejos del límite de la parte más alta de la tierra:
       allí temiendo que desfalleciera y ansioso por verla,
       volvió el enamorado los ojos, y al punto Eurídice cayó de nuevo y,
       extendiendo los brazos y luchando por ser alcanzada y alcanzar,
       la desgracia no coge nada sino las brisas que se escapan.

Estos versos de Ovidio relatan el descenso de Orfeo a los infiernos para rescatar a su amada Eurídice. La audacia de Orfeo, un mortal, hijo de la ninfa Calíope y del tracio Eagro, no es banal; intenta hacer realidad una reivindicación universal de los hombres, el deseo de escapar de la trágica condición humana. Aunque parece conseguir su propósito, pues logra conmover con su canto y su lira a Plutón y Proserpina, a quienes Rubens envuelve intencionadamente en una sombra de malos augurios, la muerte acaba imponiéndose.

Orfeo no puede cumplir la promesa, quebranta la premisa impuesta por los dioses de no mirar hacia atrás. Ovidio y Virgilio atribuyen a la impaciencia de Orfeo el desenlace fatal, la segunda muerte de Eurídice: ardía en deseos de verla, temía por ella. En las Metamorfosis de Ovidio se repiten dos ideas, que el amor humano es tan frágil y efímero como la propia vida de los hombres y que, además, el amor conduce sin remedio a la muerte.

Muchos autores han indagado, desde entonces, en este complejo mito clásico. El poeta francés Jean Cocteau hace una simbólica y profunda paráfrasis del mismo en su película Orphée (1950), pura poesía cinematográfica. Para Cocteau, los espejos que reflejan el envejecimiento y el avance ineluctable de la muerte son la puerta del Hades. El cineasta Marcel Camus realiza en su Orfeu Negro (1958) una transposición poética de la historia de Orfeo y Eurídice situándola en el carnaval de Río de Janeiro. La banda sonora de Antonio Carlos Jobim y Luiz Bonfa, una de las cimas de la bossa nova brasileña, es parte esencial del lirismo de este Orfeo, cuyo descenso a los infiernos es una sesión de candomblé. Tras su muerte, tres niños cogen su guitarra y cantan su canción para que el sol salga de nuevo.

Según el relato de Ovidio, después del fracaso Orfeo quedó abatido. Permaneció «sentado siete días en la orilla, desaliñado y sin el don de Ceres, la pena, el dolor de su alma y las lágrimas fueron su alimento». En los textos clásicos muere de forma trágica, desmembrado por las feroces Ménades mientras cantaba y tocaba su lira. Esa muerte tiene un claro simbolismo: como Dioniso y Osiris (el dios egipcio de los muertos), Orfeo muere para renacer, su cuerpo fue recompuesto para una segunda vida:

       La sombra de Orfeo desciende bajo tierra, y los lugares
       que antes viera, todos los reconoce; y al buscar por los Campos
       Elíseos encuentra a Eurídice y la abraza con pasión.
       Allí unas veces se pasean los dos juntos, lado a lado,
       otras veces ella va delante y él la sigue, otras él la precede,
       y ya sin temor Orfeo se vuelve a mirar a Eurídice.

 


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Peter Paul Rubens (1577-1640): Orfeo y Eurídice

Lienzo, 194 x 245 cm
Núm. de inventario: 1667
 


Buzón de Rinconete

 

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