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Martes, 28 de septiembre de 2004

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Literatura

Sor Juana

Por Blas Matamoro

No es Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) una desconocida ni una olvidada. Contribuyó a fundar la literatura mexicana y cuenta entre las principales figuras del barroco en nuestra lengua. Su rareza proviene, más bien, de su actitud ante el mundo y ante sí misma. En el extremo de lo raro, Sor Juana propendió a ser única. Y lo consiguió.

Quizá lo más señalado de su excepcionalidad sea su propia vocación intelectual, reducida, en el caso de las mujeres de su tiempo y de su medio, a la literatura devota y doméstica. Sor Juana fue siempre más allá. Quiso pensar como un filósofo y discurrir de teología, polemizando con el obispo de Puebla acerca de las cualidades de Cristo. Atendió a heterodoxias como el ocultismo y a peligrosas modernidades como el racionalismo cartesiano. Ahí están, para probarlo, su Respuesta a Sor Filotea y el poema alegórico, platónico y pagano, llamado Primero sueño. Desde luego, estas extravagancias intelectuales no pasaron desapercibidas a las autoridades de la ortodoxia y la audaz monja pensante debió vender buena parte de su biblioteca y de sus objetos personales, entre ellos instrumentos de ciencia y de música. No eran «cosas de mujeres».

Sí lo eran sus amores lésbicos, acaso meramente espirituales o productos de convenciones literarias, sus apasionadas declaraciones de afecto a la marquesa de La Laguna, quien consiguió editar su obra en Madrid como Inundación castálida. Hoy poco importa la realidad de estos idilios. Cuenta la tensa y delicada calidad de su sentimiento, y el hecho de que una monja se atreviera a declararlo en público. Un buen escritor, una buena escritora, son siempre queribles excepciones. Si se trata de Sor Juana, un caso único.

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