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Martes, 21 de septiembre de 2004

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ARTE / Claroscuro

Triste espectáculo

Por Antonio García Flores

Los autos de fe eran los actos durante los cuales el Tribunal de la Inquisición publicaba las sentencias y se imponían las penas a los reos acusados principalmente de herejía: confiscación de bienes, inhabilitación profesional, vergüenza pública, cárcel, destierro, azotes, galeras y, para los más recalcitrantes, muerte en la hoguera. Aunque en los primeros tiempos se trataba de una sencilla ceremonia de exclusivo carácter religioso, desde que a mediados del siglo xvi los monarcas españoles mostraron inusitado interés por asistir a semejantes eventos, podríamos decir que comenzaron a tomar naturaleza de espectáculo; desde entonces, pasaron a realizarse en las plazas mayores o en grandes espacios de carácter público y en días festivos, para que pudiera acudir a ellos el mayor número de personas. No obstante, hay que señalar que no fueron tan frecuentes como en un principio podía parecer, sino que desde los años ochenta de la decimosexta centuria comenzaron a escasear y a distanciarse en el tiempo, de ahí que los que se realizaban a partir de entonces causaran gran expectación por su rareza y excepcionalidad. Su duración solía alcanzar un día completo y comenzaba con la procesión de los penados a la que seguía una misa con sermón, la publicación de las condenas, la reconciliación de los pecados y, por último, la aplicación de la pena.

Uno de los autos más famosos fue el realizado en la Plaza Mayor de Madrid el 30 de junio de 1680, y es así por dos motivos. En primer lugar, porque el último auto celebrado en la corte tuvo lugar el 4 de julio de 1632, con la asistencia de los reyes Felipe IV e Isabel de Borbón y el infante don Carlos. Y, en segundo lugar, porque a fines de ese año de 1680 José del Olmo, maestro mayor de obras de la Villa y del Palacio del Buen Retiro y encargado del diseño y montaje de la escenografía del auto, publicó una detallada relación del espectáculo, a la que adjuntaba un grabado en el que se indicaba la ubicación de todos los asistentes y participantes; tres años más tarde, Francisco Rizzi lo inmortalizaba en un enorme lienzo.

Todo estaba presidido desde el balcón real por Carlos II, su mujer María Luisa de Orleans y la reina viuda Mariana de Austria; a su derecha se situaban las damas de palacio, mientras que a la izquierda se podía ver al mayordomo mayor, los gentilhombres, los meninos, etc. Los pisos sucesivos los ocupaban según la dignidad de su cargo, el cardenal de Toledo, los grandes de España, embajadores como el de Dinamarca, importantes cargos de la corte y del gobierno, etc. Para la ocasión se construyó una enorme plataforma rectangular de casi 55 metros de largo por 28 de ancho y elevada unos 4 metros del suelo. A nuestra derecha se alzaba una grada en la que los reos, acompañados por familiares y los religiosos que les asistían y pretendían su abjuración, esperaban su turno; lo mismo que las estatuas de aquellos que, aunque acusados, estaban desaparecidos o habían muerto en prisión, algo que desde luego no les evitaba ser juzgados e incluso ser ajusticiados. A la izquierda otra grada, delante de la cual se disponía el altar ante el que se celebraba la Eucaristía y los presos podían abjurar, alojaba a los ministros del Supremo Consejo de la Inquisición —con solio y dosel para el Inquisidor General Diego de Sarmiento y Valladares, que en el lienzo de Rizzi vemos delante del balcón de los reyes, acompañado de cinco capellanes y el confesor del rey fray Francisco Reluz— y a los de otros consejos. En el centro se levantaba el tribunal propiamente dicho, en el que los presos esperaban enjaulados su sentencia. Un total de 118 hombres y mujeres fueron juzgados, de los cuales 21 fueron ejecutados en la Puerta de Fuencarral; únicamente aquellos que se arrepintieron tuvieron el privilegio de morir estrangulados por el garrote antes de ser arrojados a la hoguera.

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