ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
El Santo Oficio fue introducido en España por los Reyes Católicos, en 1478, para perseguir a los herejes y a los falsos conversos que, en opinión del clero más fanático e intransigente (como fray Alonso de Burgos, fray Tomás de Torquemada o el cardenal Cisneros, todos ellos confesores de la reina Isabel), representaban una seria amenaza para la ortodoxia cristiana. Junto a la justificación religiosa (en teoría, la principal preocupación de los soberanos era catequizar al infiel, fuera moro, judío o indio), había otras razones de índole económica y política ya que aquella institución dependía directamente de la corona y tenía carácter supranacional. El 1 de noviembre de 1478, el papa Sixto IV respaldaba la creación de aquel Tribunal de la Inquisición.
En el problema del adoctrinamiento de los nuevos cristianos, los judeoconversos y los moriscos, el arte desempeñó un importante papel. Algunos de los temas religiosos representados con más frecuencia por los artistas de finales del siglo xv estaban relacionados con esa necesidad de enseñar de forma sencilla a los conversos los principales dogmas de la Iglesia católica. Entre ellos estaba la «Pasión de Cristo», que mostraba a Jesús como el verdadero Mesías, un mensaje dirigido fundamentalmente a los judíos, al igual que las personificaciones de una Iglesia triunfante frente a la Sinagoga vencida y ciega. Los Cristos de Piedad, o Varón de Dolores, insisten en la idea de la Redención, esperanza de vida eterna para los hombres gracias al sacrificio y Resurrección de Jesús. La expresividad de los rostros y el dramatismo de las heridas, rasgos más hispanos, pretendían conmover al pueblo e inducirle a la imitación de Cristo. En cuanto a la Virgen, ésta no sólo adquiere un gran protagonismo en las escenas de la Pasión, sino que, además, se hace hincapié en su Inmaculada Concepción (de ahí las numerosas escenas del «Nacimiento de la Virgen»), un aspecto objeto de discusión teológica en la época, y en su faceta de Madre de Dios.
La tabla de Cristo bendiciendo, de Fernando Gallego (m. 1507), pintor salmantino activo entre 1468 y 1507, es un buen ejemplo de lo dicho. Se trata de un Cristo en Majestad, bendiciendo con la mano derecha y con el globo del Universo en la izquierda. Está sentado en un bello solio de brocado en cuyos brazos aparecen las personificaciones femeninas de la Iglesia, a su derecha, y la Sinagoga, a su izquierda. Ambas figuras portan los símbolos de su triunfo y su derrota respectivamente: la Iglesia, coronada de laurel, sostiene un cáliz con una gran Hostia y un estandarte en forma de cruz; la Sinagoga, una mujer de más edad vestida de amarillo y con los ojos velados, tiene en una mano las tablas de la ley mosaica y en la otra un estandarte con el astil partido. Completan la escena los signos de los cuatro Evangelistas.