ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
En el momento de escribir estas líneas, finales de marzo de 2003, acaba de conocerse el hallazgo en una colección particular madrileña de dos supuestos nuevos lienzos de Goya, de asunto religioso ambos. Aunque están sin firmar, al parecer los primeros análisis y expertizajes se inclinan por atribuirlos a Goya, y así serán sacados a subasta, con el probable aumento de cotización. No obstante, el futuro comprador deberá asumir un alto riesgo ya que existe un alto grado de incertidumbre todavía.
No hace mucho tiempo, en 1996, hubo un gran revuelo en Madrid por el hallazgo de un lienzo atribuido en un primer momento al maestro aragonés que horas después se confirmó como obra de Salvador Maella. Y es que las atribuciones son el caballo de batalla en el mercado del arte, un mundo donde, desde el final de la segunda guerra mundial, las subastas se han convertido en el medio de transacción más común. Hasta los años sesenta acudían a ellas sobre todo los marchantes, quienes luego ofrecían las obras a particulares. Después, poco a poco, gracias a unos dictámenes mucho más claros y seguros, el público coleccionista comenzó a comprar directamente en las pujas mientras que el intermediario, el marchante, quedaba en parte relegado. Además, las casas de subastas —como Drouot, Christies y Sothebys— realizan una labor de divulgación mediante la publicación de catálogos o la exposición pública de las obras que se van a subastar.
En la atribución y tasación de las piezas pueden intervenir los marchantes, galeristas y coleccionistas, es decir, gentes ligadas al mercado, así como conservadores de museos y académicos de prestigio. El mercado del arte mueve mucho dinero, lo que a la fuerza ha de influir en ese proceso. A la hora de clarificar la autoría de una obra algunos de esos expertos se ven condicionados, no sólo porque cobran una comisión de la venta sino incluso por presiones de la casa de subastas o de los museos, según expone William D. Gramp. Evidentemente, desde el punto de vista mercantil (y para algunos coleccionistas también desde el artístico), el valor de un cuadro es mayor si se debe a un pintor de primera fila que a uno de segunda, y de la misma manera es mejor que sea una obra de taller que pintada por alguien «de su círculo» o, peor aún, sólo por un imitador de su estilo.
Al margen de su repercusión económica, esta labor de atribución es imprescindible para la Historia del Arte, tanto para identificar las piezas auténticas, aunque carezcan de firma, como para detectar falsificaciones, copias e imitaciones. Con el tiempo, los estudios de los historiadores suelen encargarse de respaldar o no esas atribuciones y de dotar a las obras de un contexto histórico y formal.
El pequeño cuadro que hoy comentamos, pintado hacia 1784, es en realidad un boceto para una obra que hoy desconocemos (quizá una de las encargadas a Goya por la Universidad de Salamanca para su capilla del Colegio de Calatrava). El Museo del Prado compró el cuadro a una propietaria particular en 1891 por mil pesetas. Estuvo olvidado en los depósitos del museo hasta 1977 y fue incluido en su catálogo en 1985.