ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Ptolomeo, Seleuco, Lisímaco, Demetrio Poliorcetes..., son los nombres de los generales más famosos del ejército de Alejandro Magno, los de aquellos que se repartieron el Imperio tras la muerte del rey macedonio. Conocidos también como los Diádocos, sus retratos manifiestan la característica común de que sus rasgos son asimilados a los de los grandes dioses y héroes guerreros de la mitología —como Meleagro, Heracles o Aquiles—, con los que comparten fortaleza, astucia e ingenio, cualidades indispensables que deben revestir la personalidad de todo buen gobernante.
Esta circunstancia dificulta la identificación precisa de una soberbia cabeza de bronce del Museo del Prado, único resto de una colosal estatua que, de haberse conservado íntegra, mediría cerca de 3,50 metros de altura. Denominada con el apelativo genérico de Retrato de un Diádoco, últimamente se tiende a vincularla con la representación de Hefestión, el mejor amigo de Alejandro.
De cara amplia y mentón robusto, está coronada por una vigorosa cabellera con rizos en forma de hoz repartidos en desorden sobre la cabeza, según el peinado típico de las obras de época alejandrina. Si las cuencas de los ojos vacías nos indican que éstas se rellenarían con pasta vítrea para dotar de vida la expresión del rostro, la rotura junto a la sien izquierda nos permite ver el interior vacío, recordándonos cómo las grandes esculturas en bronce de la Antigüedad, lejos de ser macizas, se fundían en hueco de acuerdo con un proceso conocido como cera perdida.
La técnica, que no era compleja, sí requería en cambio una gran pericia por parte del escultor. Para ello era necesario que modelase primero la figura en arcilla, barro, u otro material refractario similar. Una vez seco, éste se recubría de una capa de cera del grosor que se deseaba para la pieza final para, por último, proteger la cera por otro molde de barro, que se adaptaba con precisión a la estructura subyacente, y que se encontraba calado por numerosos orificios. A continuación, se vertía el bronce fundido por la parte superior, en cuyo descenso iba ocupando el lugar de la cera que, derretida por el calor, se derramaba a través del resto de oquedades. Cuando se había enfriado el metal, no había sino que romper los moldes de arcilla, liberar la estatua, y pulir la superficie del bronce para evitar cualquier resto de impureza que pudiera resultar del proceso de fundición.
Hallada posiblemente en Pompeya o Herculano, la tradición la sitúa en el palacio romano de Cristina de Suecia —quien la creía el retrato de Alejandro—, dispuesta junto a una imagen de Cristo. Con posterioridad, es adquirida en Parma por Isabel de Farnesio al precio de 50.000 escudos italianos, y destinada al Palacio Real de San Ildefonso, desde donde ingresaría en el Prado en el siglo xix.