ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Qué naturaleza tan elevada deben de tener los genios que, a pesar de haber muerto, consiguen estar continuamente presentes. Nombres como el de Velázquez, Goya o Picasso, una y otra vez reaparecen con fuerza, ante la inauguración de una exposición, por el récord conseguido por alguna de sus obras subastadas, por la aparición de una nueva tela no conocida o, en el peor de los casos, por la polémica que se suscita ante el cuestionamiento de la autenticidad de alguno de sus trabajos más míticos.
¿Se imagina que un día se descubriera que el Quijote fue un plagio, que Las Meninas fueron pintadas por un amigo de Velázquez...? Algo parecido ha sucedido con dos celebérrimas obras de Goya, La lechera de Burdeos y El coloso (ver el primer artículo de Perdónanos, Goya), atribuidas recientemente a su hija Rosario. La verdad es que no parece que debamos estar muy preocupados, pues son muchos los fundamentos sólidos que siguen uniendo ambos lienzos a la mano del pintor, y no existe ningún dato contundente para plantearnos algo distinto.
Respecto a La lechera, existe un documento de inestimable valor. Nos referimos a la carta que el 9 de diciembre de 1829 envió la viuda de Goya, Leocadia Zorrilla, a un amigo del pintor, el banquero Juan Bautista Muguiro, con quien mantuvo una estrecha relación durante su exilio en Burdeos. En ella manifiesta el enorme interés que tenía Muguiro por adquirir el lienzo; además, comenta Leocadia cómo el propio Goya tenía la obra en gran estima, y que incluso le dijo que no debía vender el cuadro por menos de una onza. Parece claro que el propio Muguiro sabía de la existencia de la pintura, e incluso quién sabe si no la vio pintar con sus propios ojos, ya que, por lo que relata Leocadia, fue grande su interés por conseguirla. Aunque, sin argumento alguno, se ha puesto en duda la firma del artista existente en el lienzo, e incluso se ha llegado a decir que se trata de una obra llena de debilidades, una vez más se debe hacer hincapié en la modernidad de esta obra genial que se adelanta a su tiempo y que nadie, salvo Goya, hubiera podido realizar en los años veinte del siglo xix.
Sobre la obra de El coloso, simplemente recordaremos que parece ser aquélla que, ya en 1812, aparece con el nombre de El gigante, en el inventario de los lienzos que Goya cedió a su hijo tras la muerte de su mujer, Josefa Bayeu. Por otra parte el mismo artista realizó un grabado al aguatinta de gran recuerdo a este cuadro, conocido también como El gigante, por lo que nada hay en esta obra que deba hacernos sospechar sobre su paternidad. Se ha comentado que en la radiografía del cuadro aparece el coloso en una postura diferente, lo cual sirve para que recordemos cómo Goya, al igual que Velázquez anteriormente u otros tantos artistas, variaba la composición de sus obras sobre la marcha, ¿qué tiene ello de extraño?