Cine y televisión
Por Lisandro Duque Naranjo
Yo suponía que el récord del perfeccionismo artístico en estos tiempos lo había batido Gabriel García Márquez, cuando dijo que la principal de las razones por las que no acostumbraba leer sus novelas después de editadas, era que no podía evitar la tentación de hacerles correcciones. «Un día, en un viaje en tren, no teniendo nada a la mano para matar el tiempo, no tuve más remedio que ponerme a leer un ejemplar de Cien años de soledad que acababan de entregarme en la casa editorial. Cuando menos lo pensé, estaba tachando aquí y allá sus páginas y poniendo en el borde textos distintos a los ya impresos», dijo el Nobel colombiano en una entrevista.
Pues bien, en el libro La mirada (1989, Ediciones Puntosur, segunda edición), del cineasta argentino Fernando «Pino» Solanas (La Hora de los hornos, Tango, Exilio de Gardel, Sur), entre una serie de reflexiones riquísimas sobre el oficio fílmico, hay una anécdota que demuestra que hay maniáticos de la perfección más obsesivos que el propio Gabo. Cuenta Solanas: «...O aquella anécdota que me contó Felipe Noé, que a su vez se la contó Horacio Butler. Siendo joven, Butler visita uno de los museos de París, ve a un viejo que saca un pequeño estuche de su sobretodo y comienza a retocar un cuadro de Bonnard. Butler corre a denunciar el hecho y el guardia le dice: Quédese tranquilo, es Bonnard».