ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Frente a la grandilocuencia y aparatosidad con la que se ha presentado, en tantas ocasiones, multitud de escenas bíblicas y religiosas a lo largo de los siglos, los grandes pintores del Siglo de Oro español optaron por presentar los episodios sagrados con gran naturalismo, como si el espectador de la obra de arte fuera testigo de algo próximo, cercano, veraz y sencillamente natural.
Los personajes de los cuadros de Ribera, Velázquez, Zurbarán o Murillo, parecen tomados del campo, de la calle, de sus propias familias. Parecen sencillos actores que desarrollan su función en escenarios sencillos, en arquitecturas descarnadas de elementos superfluos donde un vaso, un libro o una mesa llegan a un lirismo insospechado, en paisajes abiertos de horizonte bajo donde las rocas o los árboles adquieren tal monumentalidad y protagonismo, que acentúan la serenidad y poética de la composición del lienzo.
Todo ello sería incomprensible sin tener en cuenta la dimensión que alcanzó la Contrarreforma y el Concilio de Trento en España, las obras de los místicos, la grandeza contenida de Lope, Calderón o Góngora, y la prudencia de Gracián.
El cuadro que ahora podemos ver se centra en el patriarca Jacob, en la monumentalidad del personaje, en ese cielo abierto o en el árbol inclinado que equilibra la composición. Es evidente en el tratamiento que lo sobrenatural no protagoniza la pintura, y la visión de la escalera que soñó Jacob, en cambio, aunque poco visible se hace patente mediante la sutileza de la luz. Veamos qué nos dice sobre esta escena el texto bíblico:
Jacob salió de Bersabee y se dirigió a Jarán. Llegado a cierto lugar, pasó allí la noche, porque ya se había puesto el sol. Y tomando una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal, y acostose en aquel sitio. Y tuvo un sueño: he aquí una escalera que se apoyaba en la tierra, y cuya cima tocaba en el cielo; y ángeles de Dios subían y bajaban por ella.