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Lunes, 25 de septiembre de 2000

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Cine y televisión

Hemisferio Sur y hemisferio Norte: 2 a 1

Por Lisandro Duque Naranjo

Es muy improbable que exista una sola expresión artística de Europa o Estados Unidos, sea de ahora o de cualquier tiempo anterior, que les resulte indiferente o desconocida a la mayoría de los latinoamericanos de tercero de bachillerato en adelante. Si es en música, por ejemplo, para nadie de estos lados resultan exóticos ni Beethoven, ni los Rolling Stones, ni Louis Amb, ni Glenn Miller, ni Elvis Presley, ni Tracy Chapman. Si es en pintura, distinguimos a la legua un Botticcelli de un Modigliani, y se nos han atravesado hasta en la sopa los enlatados de Andy Warhol. Si es en teatro, no tienen que mostrarnos la cédula para entrar en nuestras casas ninguno de los miembros del pool de talentosos que conforman desde Sófocles hasta Edward Albee, pasando por Shakespeare, Brecht, O’Neill y Arthur Miller. Si es en literatura, nuestra sensibilidad es hija del asma de Proust, nos hemos llenado los pulmones con el espíritu de La montaña mágica de Thomas Mann, y le hemos cargado con mucho gusto los aparejos de pesca a Hemingway. Si es en poesía, hemos tomado en préstamo lo angelical de Verlaine, de Arthur Rimbaud lo malévolo, y en fin, hasta del mismo Walt Whitman lo herbívoro. Si es en cine, somos capaces de caminar sin perdernos por la Roma de Fellini o Scola, o por el París de Godard, o por el Manhattan de Scorsesse o de Woody Allen, y sabemos dónde alquilar las bestias para galopar por el lejano oeste de George Stevens o de John Sturges.

No pueden, sin embargo, los naturales de Europa y Norteamérica, decir lo mismo acerca de nuestra cultura. Exceptuando la fascinación que sienten por García Márquez, o por Maradona, o por Botero, puede que por Gardel en algunas partes y por Piazzola en otras, el resto de lo latinoamericano se les antoja una masa promiscua, medio bárbara, ágrafa, mal vestida e incompetente. Soy del bando de los que piensan que peor para ellos si suponen, frente a un cuadro de Ariza, que los paisajes ya se clausuraron con Millet. O si en asuntos de nostalgia, y por cantar de local, suponen que Louis Amb le ganó de mano a Charlie Figueroa. Y así sucesivamente, pasando, en teatro, por Guadalupe años cincuenta y País Paisa, obras a las que desde las metrópolis se les recriminará ser muy aldeanas si se las compara con el esplendor de Macbeth. Y en poesía, por Neruda , de cuyas legumbres dirán que lucen menos bien en los jarrones que las flores del mal de Baudelaire. Allá ellos, pues, con su indiferencia por nosotros, y acá nosotros con nuestro afecto y admiración por lo que el gran arte europeo y norteamericano nos han legado. Creo que les vamos ganando dos a uno, porque hemos incorporado a nuestra visión del mundo, sin regateos chauvinistas, la sustancia de sus grandes obras, y además tenemos las propias, que son justamente las que las gentes del viejo mundo y Norteamérica estiman prescindibles y desdeñables en un ademán de arrogancia y desperdicio que ojalá algún día una nueva generación de ciudadanos más universales de esos países, someta a rectificación para que se enriquezcan y remocen. Eso ocurrirá cuando descubran que, en el arte, la tierra también es redonda, razón por la cual las raíces suyas, como en ciertas plantas aéreas, también deben buscarlas tronco arriba. O cuando caigan en la cuenta de que, como dice la canción colombiana Alicia adorada, de Juancho Polo, «todas las tierras son benditas».

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