Literatura
Es bastante difícil entender a Sagasta. Se corre el peligro de formular un juicio absolutamente desprovisto de piedad.
Yo no tengo fe en Monsieur Taine. No obstante, en el caso concreto de Sagasta, para ver bien al hombre, me ha sido utilísimo acercarme a su medio ambiente original.
Me hallaba el otro día en la simpática ciudad de Logroño. Quise visitar a un viejo amigo que, posiblemente, estaba allí en aquellos días
Se me ocurrió preguntar la casa a una vocinglera vendedora de pastillas de café con leche.
—¿Tú (como este tuteo revela, empezaba yo mismo a adaptarme al ambiente), tú sabrías, por casualidad, si se encuentra aquí estos días el señor Tal?
—Sí, señor —respondió la lista muchacha—; pero ha salido al campo con su familia. Por la noche volverán todos, menos el señorito, que no lo hará hasta mañana por la mañana.
—Muy bien —añadí, encantado de esta información íntima y minuciosa, tan fácilmente obtenida—. Y, ¿hacia dónde cae aquí, en la capital, la casa de este señor?
—Siga usted hacia abajo, doble hacia la izquierda y, ¿sabe usted la tienda de Matías el viudo?
—No.
—¿Se acuerda de aquel sitio donde esta mañana se ha sacado usted un papel del bolsillo y ha escrito unas notas
... Nada mejor que este diálogo podía instruirme acerca de la contextura espiritual de Sagasta. Nada podría instruirme mejor, por añadidura, sobre Espartero, sobre la Milicia Nacional, sobre la Rioja bien provista y la democracia española.
9-IX-1918
Eugenio dOrs, El valle de Josafat, páginas 156-157. Edición de Ángel dOrs y Alicia García-Navarro. Madrid: Espasa-Calpe, 1998.