Literatura
Por Sergio León Gómez
Rinconete no puede dejar pasar por alto el centenario de Roberto Arlt, uno de los escritores más denostados y admirados de este siglo. Como periodista, se ganó la simpatía de un público que a diario mantenía con él una nutrida correspondencia en la que le expresaba su incondicional admiración. Muchas de sus notas periodísticas fueron recopiladas por él mismo en 1933 en sus famosas Aguafuertes porteñas de las que vamos a ofrecerles una pequeña muestra a partir de ahora.
De padre alemán y de madre tirolesa de lengua italiana, Roberto Arlt nació en Buenos Aires en 1900. A los veintiséis años editó su primera novela El juguete rabioso. La obra fue recomendada por Ricardo Güiraldes, aunque ya había sido aceptada por la Editorial Latina que mediante convocatoria pública solicitaba jóvenes talentos. Tras su publicación la crítica no se hizo esperar. Con su escritura Arlt atentaba contra las instituciones burguesas, el matrimonio, la propiedad privada, los tribunales de justicia, así como contra la filosofía del progreso —que condenaba a la clase media a una denigrante miseria—. El autor mostraba de qué manera las nefastas consecuencias de esta filosofía afectaban diferentes aspectos de la vida: el amor, las creencias, el sentido del deber, la noción de justicia.
Su obra resultaba chocante para muchos críticos que lo atacaban por sus pretendidos descalabros gramaticales y ortográficos. Durante mucho tiempo Roberto Arlt fue considerado un escritor semianalfabeto que atentaba contra la pureza del idioma. Pero él alegaba en su defensa su preocupación más por las ideas que por escribir como aconsejaban los gramáticos a quienes despreciaba; los consideraba afectados y sobre todo, al margen de las realidades cotidianas.
Sin embargo, la marginalidad y el menosprecio que silenciaron su obra fueron superados cuando la crítica reconoció en él a uno de los escritores más vitales e innovadores de la literatura en lengua castellana. Y es que Arlt es ante todo el escritor de la ciudad que describe en sus Aguafuertes como un organismo vivo y cambiante que ama y desprecia al mismo tiempo. Recorriendo sus calles, el rescató para los lectores el léxico de los rufianes, de los ladrones y chulos que deambulaban por los márgenes en busca de una oportunidad.
Por otro lado, lo que podríamos llamar la visceralidad de Arlt apunta sin duda a las falacias de una sociedad miserable, la de los seres alienados y sin esperanza, tanto como a la hipocresía de los poderosos a quienes ataca, obligándolos a ver la verdadera cara del progreso. Pero detrás de sus frases lapidarias percibimos en él una gran compasión hacia los seres desprotegidos, niños explotados por los padres, desempleados, ciudadanos desencantados, personajes atrapados dentro de unas reglas del juego que los oprimen y de las que se quieren liberar huyendo, a riesgo de que los consideren canallas.
El aporte de Arlt puede verse no sólo en el tratamiento de los temas, sino también en la riqueza del léxico y en su defensa de un idioma porteño, local, si se quiere, pero profundamente arraigado en la tradición y que él define así en sus Aguafuertes:
Escribo en porteño
Escribo en un «idioma» que no es propiamente castellano, sino porteño. Sigo toda una tradición. Fray Mocho, Féliz Lima, Last Reason Y es acaso por exaltar el habla del pueblo ágil, pintoresca y variable, que interesa a todas las sensibilidades. Este léxico, que yo llamo idioma, primará en nuestra literatura a pesar de la indignación de los puristas, a quienes no leen ni leerá nadie. No olvidemos que las canciones en «argot» parisién por François Villon, un gran poeta que murió ahorcado por dar el clásico golpe de furca a sus semejantes, son eternas
Tomado de Roberto Arlt, «Léxico», en Aguafuertes, 1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, pág. 169.