ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
El 28 de octubre de 1999 murió Rafael Alberti en su localidad natal del Puerto de Santa María. Su relación con la pintura y con el Museo del Prado va mucho más allá del interés que pueda mostrar un aplicado aficionado por las Bellas Artes. Fue pintor y escribió de pintura, y en su colección privada no faltaron los grandes nombres del siglo xx y muy especialmente los de Picasso o Dalí, entre muchos otros.
Respecto de la pinacoteca madrileña, lloró entre sus muros junto a Margarita, Felipe y Diego, el triste inicio de la guerra civil española. Sus dotes artísticas, el buen conocimiento del museo, su demostrado amor hacia sus colecciones y su significada posición política, hizo que junto a su mujer se ocupase vivamente de la salvaguardia de aquel templo de belleza, historia y sabiduría, cuya paz estaba amenazada. Ambos participaron en la evacuación a tierras levantinas de los distinguidos vecinos del Prado que iniciaban así un penoso peregrinar de casi tres años. Murillo, Ribera, Velázquez y Goya encabezaron una larga lista de nombres que, al igual que tantos otros españoles anónimos y de todos los estilos y colores, debieron hacer sus maletas apresuradamente para ponerse a salvo en aquellos fatídicos años.
Pero dejemos la tristeza y volvamos al poeta:
(...)
Y entraba por la puerta de tus cuadros
al encinar, al monte, al cielo, al río,
con ecos de ladridos, de disparos
y fugitivas ciervas diluidas
en el pintado azul de Guadarrama.
Conocía los troncos y las hojas,
la herradura en la tierra,
la huella del lebrel
y hasta esas briznas
que en las sombras no son más que el alivio
del pincel que al pasar las acaricia.
La majestad del cielo
sobre la melancolía
majestad de la encina que guarece
la tristeza cansada de un retrato.
Y también conocía
aquel azul a quien le preguntaba:
—¿Qué es ese azul que apenas
si es montaña, si es nieve, si es azul?
Y su respuesta:
—Soy, pero teniendo
por pincelada y por color aire.