Literatura / Citas
Carlos V fue un señor emperador también de la buena mesa. Xavier Domingo, en su suculento trabajo La mesa del Buscón (Barcelona: Tusquets, 1981), nos recuerda algunas de las cosas que de él decía su secretario Badoaso:
[...] tenía la costumbre de tomar, por la mañana, al despertarse, una escudilla de jugo de capón, con leche, azúcar y especias, después de la cual se volvía a dormir. A mediodía, comía una gran variedad de platos, hacía la colación pocos instantes después de vísperas y, a la una de la noche, cenaba, tomando en esas diversas comidas toda clase de cosas propias para engendrar humores espesos y viscosos.
Sin embargo, hay mucho más. En ese libro ya citado leemos otra serie de indicaciones sobre la dieta del emperador que hacen que nos sirva este testimonio de homenaje a quien fue, además de rey de españoles y alemanes y dominador de Europa, el primer gran tragaldabas del que, andado el tiempo, sería un mercado común:
Tenía el Emperador voraz apetito, parecido a un hambre continua. Este apetito le constreñía de suyo a comer muchísimo, y este comer excesivo le causaba, si no indigestiones, desarreglos de estómago. Agréguese a esto la configuración de sus mandíbulas y la imposibilidad absoluta de masticar bien sus alimentos diarios. No se moderó en la mesa después de su abdicación y retiro. Apartado del mundo sólo para satisfacer sus propensiones individuales, interrumpida por los públicos negocios, debía darse todo entero a la más natural y más fácil de satisfacer. A la propensión por la comida y la mesa. Curábanse muchísimo los suyos de que no le faltase ninguno de los manjares preferidos. Los correos de Lisboa a Valladolid rodeaban mucho, apartándose del camino recto y ordinario para dejarle pescado de mar en Yuste. Recibía el corregidor de Palencia las órdenes más estrechas de Valladolid a fin de que proveyese al Emperador en cuanto a viandas le demandase y, con eso y con todo, aún tenían mil dificultades entre sí, abocadas a verdaderos litigios. Las monjas españolas, tan diestras en el arte de la confitura, los prelados, de tan provistas despensas entre nosotros, lo nobles mismos, a porfía le mandaban sus regalos. Perejón refiere que Valladolid le regalaba sus pasteles de anguilas, Zaragoza sus terneras, Ciudad Real su caza, Gama sus perdices, Denia sus salchichas, Cádiz sus anchoas, Sevilla sus ostras, Lisboa sus lenguados, Extremadura sus aceitunas, Toledo sus mazapanes y Guadalupe cuantos guisos inventaba la fértil fantasía de sus innumerables cocineros.