ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
El programa iconográfico del llamado Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro estaba destinado a exaltar la monarquía hispánica. En él se lucirían junto a los retratos ecuestres de los monarcas, lienzos con la representación de las grandes hazañas bélicas del reinado de Felipe IV y temas alegórico-mitológicos.
El 12 de junio de 1634, Zurbarán recibe 200 ducados a cuenta de doce cuadros que figuraran los Trabajos de Hércules, destinados a ocupar los espacios intermedios entre las pinturas de batallas. La elección de un ciclo sobre este personaje no es arbitraria. En el afán de la época por remontar los orígenes de las monarquías hasta personajes legendarios, Hércules es considerado como el iniciador de la monarquía española desde que Alfonso X, en su Crónica General, escribiera que durante uno de sus encargos (matar al gigante Gerión, rey de la Bética), el héroe remontó el Guadalquivir y fue el fundador de Sevilla.
La escena elegida es la Lucha contra el cancerbero, un enorme perro de tres cabezas y cuerpo de serpiente, colocado por Hades en la puerta del infierno para que devorase a todos aquellos que quisieran entrar. Este animal sólo se podía vencer si no se usaban armas contra él, por lo que Hércules tuvo que recurrir a la estratagema de alejarlo arrastrándolo de la cadena con la que estaba sujeto, mientras lo amenazaba con su clava. Este acto requería tanto astucia como fuerza, dos cualidades necesarias para todo buen gobernante, buscándose en este caso una alegoría intencionada con las cualidades (por lo menos deseadas, que no siempre conseguidas) del reinado de Felipe IV.
El cuadro presenta un enorme dinamismo, logrado fundamentalmente por la postura del héroe, una marcada diagonal que rompe el espacio, y por la tensión de sus músculos, que dan sensación de veracidad: parece que en realidad está arrastrando al perro. Técnicamente son de destacar el correcto estudio de la anatomía humana y las investigaciones lumínicas. Toda la escena se desarrolla en la oscuridad propia de las regiones infernales, salvo por las llamas que se escapan tras las oquedades del fondo; éstas, sin embargo, no iluminan la escena por igual: mientras que el perro, símbolo del mal, queda en penumbra, Hércules, emblema de la justicia y del bien, recibe la luz.