ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Pintó Velázquez esta pareja de atípicos filósofos hacia 1638-1640, con el fin de decorar, junto a varias escenas mitológicas y cinegéticas, el pabellón de caza de Felipe IV, la llamada Torre de la Parada.
Sin duda, con ellos pretendía responder a la pareja de filósofos que Rubens, que colaboraba en el proyecto, había incluido, sin aparente lógica, en su envío. Pero mientras el flamenco escogió a Heráclito y Demócrito, dos presocráticos muy representados por esas fechas, Velázquez eligió para competir con él a Menipo y Esopo, una pareja totalmente original; tanto, que se añadieron unos letreros con sus nombres para identificarlos.
¿Quiénes eran estos dos personajes? Menipo era un cínico del siglo iii a. C. que no dudaba en burlarse de los orgullosos filósofos de su época, que había recorrido el mundo huyendo de la estupidez y la hipocresía humanas y que censuraba la corrupción y la maldad. Velázquez presenta un anciano haraposo que, antes de marcharse, se vuelve a echar una mirada desdeñosa al espectador con una sonrisa cínica en los labios. Atrás deja, en el suelo, los libros de esos filósofos que desprecia, y un cántaro que, con su equilibrio inestable, recuerda la precariedad, la fragilidad de la vida.
Su pareja, Esopo, el fabulista griego, nos aparece como un hombre feo, barrigudo y vestido con sayal. La vasija situada a sus pies alude a su condición de esclavo en origen. En sus fábulas mostró, como Menipo, su desengaño, la decepción por el mundo de su entorno. Lo consideraba un gran teatro donde los hombres son actores de una inmensa farsa: se puede ser esclavo o rey (la corona de cartón y el falso manto de armiño que hay en el suelo quizá le recuerdan que pudo nacer rey en vez de esclavo), necio o discreto, feo o hermoso, al final la muerte iguala a todos. «Así es amigo, pasa la fábula de la vida...».
Y es que la situación decadente de la España del siglo xvii no permitía mirar en derredor sin sentir una honda aflicción e inquietud. Velázquez supo expresar en sus «fábulas», con un mucho de humanidad y de ironía, esa cruda realidad. Don Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) reflejó parecida desazón en algunos de sus versos:
Sueña el rey que es rey, y vive
Con este engaño mandando,
Disponiendo y gobernando;
Y este aplauso, que recibe
Prestado, en el viento escribe,
Y en cenizas le convierte
La muerte (¡desdicha fuerte!);
¡Que hay quien intente reinar,
Viendo que ha de despertar
En el sueño de la muerte!
Sueña el rico en su riqueza
Que más cuidados le ofrece;
Sueña el pobre que padece
Su miseria y su pobreza,
Sueña el que a medrar empieza,
Sueña el que afana y pretende,
Sueña el que agravia y ofende;
Y en el mundo, en conclusión,
Todos sueñan lo que son,
Aunque ninguno lo entiende.