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Viernes, 15 de octubre de 1999

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Literatura

Retórica

Por José Jiménez Lozano

Comentando la Retórica de fray Luis de Granada, que es una colección de avisos para la oratoria sagrada, pero nada desdeñables, sino todo lo contrario, para el simple buen hablar y buen escribir, se lamentaba Azorín de que en su tiempo se había perdido la tradición literaria en el Parlamento español, y le daba «grima, tristeza, vergüenza escuchar el tristísimo, misérrimo vocabulario» de diputados y senadores: o «la ausencia de ideas y el somero pensar del orador».

Pero era otro tiempo el de Azorín, y Azorín era Azorín. Nosotros ya no vamos a pedir a nuestros representantes populares que anden enhebrando un discurso según arte, y ni siquiera que sean un centón de ideas y tengan profundos pensadores.

Ya Don Emilio Castelar, que era un pico de oro, dijo un día, en un discurso: «Tengo frío en el alma», y un diputado gracioso se puso a estornudar, y aseguró que era el frío que allí había llevado el señor Castelar en su alma. No se puede andar ahora con confesiones como esa en los Parlamentos. Ni las que allí se tratan tienen muchas sonoridades existenciales.

Nuestras exigencias son, pues, escasas, aquí, en España, y en todas partes. Quizás sólo que no se abra la boca para decir una «vanidat», que decía Mío Cid, y que no se peleen sus señorías como gallos, no mareen la perdiz y vayan al grano. O sea, tal y como decía fray Luis de Granada: «Seamos sencillos e impersonales, porque lo contrario, además de no ser de ello, es impropio para la salvación de las almas»; lo que traducido laicamente quiere decir: «porque lo contrario es una manera de perder el tiempo, no arreglar nada, e ir a la catástrofe».

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