Por José Jiménez LozanoComentando la
Retórica de fray Luis de Granada, que es una colección de avisos para la oratoria
sagrada, pero nada desdeñables, sino todo lo contrario, para el simple buen hablar y buen
escribir, se lamentaba Azorín de que en su tiempo se había perdido la tradición
literaria en el Parlamento español, y le daba «grima, tristeza, vergüenza escuchar el
tristísimo, misérrimo vocabulario» de diputados y senadores: o «la ausencia de ideas y
el somero pensar del orador».
Pero era otro tiempo el de Azorín, y Azorín era
Azorín. Nosotros ya no vamos a pedir a nuestros representantes populares que anden
enhebrando un discurso según arte, y ni siquiera que sean un centón de ideas y
tengan profundos pensadores.
Ya Don Emilio Castelar, que era un pico de oro,
dijo un día, en un discurso: «Tengo frío en el alma», y un diputado gracioso se puso a
estornudar, y aseguró que era el frío que allí había llevado el señor Castelar en su
alma. No se puede andar ahora con confesiones como esa en los Parlamentos. Ni las que
allí se tratan tienen muchas sonoridades existenciales.
Nuestras exigencias son, pues, escasas, aquí, en
España, y en todas partes. Quizás sólo que no se abra la boca para decir una
«vanidat», que decía Mío Cid, y que no se peleen sus señorías como gallos, no mareen
la perdiz y vayan al grano. O sea, tal y como decía fray Luis de Granada: «Seamos
sencillos e impersonales, porque lo contrario, además de no ser de ello, es impropio para
la salvación de las almas»; lo que traducido laicamente quiere decir: «porque lo
contrario es una manera de perder el tiempo, no arreglar nada, e ir a la catástrofe».
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