Literatura
Por José Jiménez Lozano
Lo lógico y esperable es que una obra valga más que su escritor; no habría peor maldición para éste que el que las cosas fueran al revés.
Muy de acuerdo con esto, Isaac B. Singer decía que, aunque le aseguraran que el propio Shakespeare se había venido a vivir al barrio, no saldría de casa por ir a conocerlo, por miedo a quedar decepcionado: obras tan grandes, y autores que pueden ser hombres tan pequeños. Pero en esta «dialéctica» se basa toda la industria cultural, ciertamente.
Por un lado, sobre el autor y sus «singularidades», cuanto más llamativas y «epatantes» mejor, se basa todo el reclamo para la venta de sus libros; de sus exhibiciones un poco como un mono en su jaula o de los anuncios en los «media» se nutren sus propios libros. Y, luego, en vida o en muerte, unos buitres se alimentan siempre de las oscuridades con moho o herrumbre, u hongos putrefactos incluso, de su biografía.
¿Y las obras de esos autores? Las obras suelen ser la mera sombra de todos esos cabildeos. Ni hace falta que tengan hojas propias para darla, y no la darán, aunque sean una nogala gigantesca.
¿Cómo daría hoy Shakespeare en los «media»? Esta es la cuestión, no la de Hamlet.